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"No plan, no backup, no weapons worth a damn. Oh, and something else: I don’t have anything to lose".- The doctor

Con la tecnología de Blogger.

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miércoles, 31 de diciembre de 2008

No es cuando, es como

Leo en 233grados un artículo de Jeff Jarvis en el que cita a Don Tapscott, el cual dice…

 

Ocho características o normas describen al típico miembro de la Generación Net y le diferencian de sus progenitores del baby-boom de los 60. Valoran mucho la libertad y la libertad de decisión. Quieren personalizar las cosas, hacerlas a su gusto. Son colaboradores natos, que disfrutan de una conversación,  no de un discurso. Investigarán con lupa a ti y a tu organización.  Insisten en la integridad. Quieren divertirse, incluso en el trabajo y en la escuela. La rapidez es normal. La innovación es parte de la vida.

 

Todavía no tengo muy claro de a quienes se refieren con eso de la Generación Net (y no hablo de la red de blogs, aunque algo relacionado sí está). Supuestamente, la generación net es esa a la que le doy clases de lunes a viernes: ellos y algunos que ya se graduaron hace unos pocos años. Claro, sí, bueno, se refiere sin duda a Estados Unidos y lo cierto es que no sé como anda el percal por allá, pero por aquí (y creo que en cualquier parte, la verdad) esa afirmación se puede aplicar a cualquier joven que ande entre los 14 y los… ¿23, 24? Si no todo, gran mayoría de esas características. Vamos, que lo que ha sido de toda la vida, ahora resulta que es fruto de la red.

 

Pero una de las cosas que más me chocan es que esas características me las encuentro por la red en personas que no están dentro de ese rango de edad que mencioné. Y eso me parece mucho más llamativo que lo que menciona. Creo que la llamada generación net no es cuestión de los años en los que hayas nacido, sino de cuando y como te has incorporado de manera activa a Internet. Es más, creo que ni siquiera es cuestión de “cuando”, sino de como. Me consta que hay mucha gente ya crecidita que ha hallado en Internet el “lugar” ideal donde desarrollarse, sea personal o laboralmente (o ambas cosas). Gente que sentía inquietud por miriada de temas y que, pasada la fase de aturdimiento que siempre supone la libertad de acceso a semejante cantidad de información, logró centrarse y empezó a aprovechar la red en su beneficio de una manera que antes le quedaba muy lejana.

 

Se trata de gente que ahora valora más la libertad que antes; que personalizan sus medios de comunicación (de entrada y de salida), seleccionando sus fuentes y convirtiéndose a su vez en fuentes de otros; que colaboran de manera desinteresada o con un interés en mantener el equilibrio win-win; que tienen abierto el Twitter hasta en Navidad porque al otro lado también hay gente que forma parte de su entorno; que miran con lupa las organizaciones porque han estado dentro de ellas (aunque sea tangencialmente) y saben como las gastan; que insisten en la integridad porque ya han visto y sufrido la desintegración; que quieren divertirse en el trabajo porque saben que así es como se trabaja mejor, tanto para uno como para todos; que aceleran para ir con la misma rapidez pero sin mitificarla, frenando cuando se llega al apresuramiento; que piensan en la innovación y son parte de ella, tratando de no confundirla con la novedad. Y son innovadores porque, al fin y al cabo, están aquí, en nuestros feeds, en nuestros blogrolls, en nuestros enlaces aunque sean ocasionales.

 

Aunque parezca un eslogan, la generación net no es cuestión de edad, es cuestión de actitud. No cuenta el cuando ni el dónde, sino el como y, tal vez sobre todo, el por qué.

martes, 30 de diciembre de 2008

La magia de los bolsos

Si el anterior bitel era añejo (con al menos veinte años a sus espaldas), el siguiente no es tanto, aunque sí creo que ha de rondar por los cinco o seis añitos. Se trata de uno de unos cuantos desvaríos que me dio por escribir para no oxidarme (cosa que ocurrió más tarde). 

 

De mi infancia recuerdo el bolso de mi madre como un aparejo con propiedades casi mágicas. No era solamente que se tratase de la caja fuerte móvil donde se escondían las brillantes monedas y los suaves billetes capaces de satisfacer mis humildes ambiciones de entonces. Entre sus funciones se contaban las de farmacia ambulante, perfumería portátil y diminuta peluquería. Parecía la versión moderna y femenina de la concha del caracol, un hogar portátil o, por lo menos, una sucursal del mismo. Si un día mi madre hubiese sacado una cama de su bolso, no me hubiese sorprendido.

 

Uno no tarda en descubrir que toda mujer está unida a un bolso. Lo cual casi equivale a decir que toda mujer, sea el tipo de vida que lleve, es una “mujer de su casa” pues siempre la lleva a cuestas. Resultaba fascinante investigar en el bolso materno, con o sin autorización. Al abrirlo, uno se sentía embriagado por la fragancia que estaba depositada en cada uno de sus rincones. Era el olor de mamá, tan mudable como su carácter. Unas veces era cálido, acogedor como pasar una gripe en la cama durante una noche de invierno. Otras, removía hormonas que el tiempo terminaría despertando definitivamente. Repuesto de la primera impresión, uno se ponía a hurgar y aparecía la polvera, el delineador, el pintalabios… todos los elementos rituales de la belleza femenina, terminando con los dedos embadurnados de una mezcla de sustancias que evidenciaban su paso por el bolso.

 

De pequeño todo es maravilloso, un descubrimiento sorprendente, una aventura. El tiempo nos cura de eso. Crecemos y descubrimos que las primeras mujeres que nos interesan, que aun no son tan mujeres, no llevan bolso, de manera que se rompe el asociación mujer / bolso. Así, el bolso pasa de ser algo extraordinario a convertirse en un elemento más que encontramos ocasionalmente en nuestra vida diaria.

 

Todo esto viene a que hace poco me sorprendí mirando el bolso de una mujer mientras ella disfrazaba en su rostro los efectos de la noche anterior. Quizá fuese la luz de la mañana, el silencio resquebrajado por los coches tempraneros, la intimidad compartida, no sé. El caso es que miré el bolso y me acordé del de mi madre. Entonces, como el que presencia una revelación, me di cuenta que los bolsos ya no eran mágicos. Lo vi con los mismos ojos melancólicos con que uno mira un juguete de la infancia que le procuró tantos momentos de felicidad. Lo único que roe el hierro, muerde el acero, pulveriza la peña compacta, mata reyes, arruina ciudades y derriba las altas montañas también acaba con la magia de los bolsos.

lunes, 29 de diciembre de 2008

El canto del Quetzal

Empiezo la recuperación de mis biteles con un cuentito cursi escrito hace un porrón de años. El argumento fue idea de Juan Ángel González Concepción (compañero de las primerizas tropelías comiqueras) y, a pesar de que se trataba de que yo convirtiese esa historia en un guión, al final terminó saliendo un cuento. La elección del nombre del pajarito de marras fue completamente indocumentada y hecha únicamente en base a su sonoridad. Pero que le vamos a hacer si en aquellos tiempos no había Wikipedia…

Por cierto, que sí, que se convirtió en cómic, pero vete tú a saber por donde andan esas páginas. En mi disco duro, desde luego que no.

 

Bienvenidos a este relato oh, vosotros que lo estáis leyendo o escuchando por boca de algún lector. Os agradezco vuestra excelsa presencia ante tan humilde narrador, y os pido, si puedo abusar un poco de la confianza que depositáis en mi al escucharme, que prestéis infinita atención a mi relato. Abstraeros lo más posible de los quehaceres cotidianos y dejaros llevar por mis palabras hasta lugares que jamás habéis conocido. Os doy de nuevo la bienvenida a este reino de la imaginación.

 

Mi historia comienza hace mucho tiempo, aunque algunos no dudan en decir que jamás ocurrió y otros que acontecerá dentro de numerosas generaciones. No es mi deber juzgar tal cosa, y por ello dejo el veredicto final en vuestras manos. Yo tan sólo me puedo limitar a decir que esta historia existe mientras os la cuento y que dejará de hacerlo en el momento en que calle. Pero empecemos ya sin más preámbulos.

 

*** *** *** *** *** ***

 

Hubo una vez un hombre que vivía en un bosque. El hombre no era ni alto ni bajo, ni guapo ni feo, ni joven ni viejo. Era tan sólo un hombre. Había en una cabaña que fabricó con las ramas de los árboles del bosque le ofrecieron ellos mismos.

 

“Aquí tienes, hombre -le dijeron-. A pesar de que tenías frío, no nos quisiste hacer daño. Es por eso que te damos estas ramas y estas maderas. Constrúyete con ellas un hogar, y cada vez que precises leña para calentarte, ven a pedírnosla”. Aquella fue la primera y última vez que los árboles hablaron al hombre. Pero siempre que lo necesitaba encontraba madera en la puerta de su hogar.

 

El bosque donde el hombre vivía era hermoso. Esa en un valle rodeado de altas cumbres nevadas. Un caudaloso río atravesaba el bosque y saciaba la sed de los árboles y los animales. La primavera moraba eternamente en aquellos bellos parajes; eran tan hermosos que no podía ser de otra manera. Numerosos animales poblaban aquellas tierras, pero el hombre jamás quiso darles caza y fue así como poco a poco fue conociéndoles a todos e incluso empezó a entablar amistad con alguno de ellos.

 

Y fue una mañana que se despertó el hombre en su lecho, escuchando el bello trinar de un pájaro. Aquel extraordinario canto le embelesó de tal manera que, una vez vestido y aseado, decidió ir en busca del ser que emitía aquel hermoso sonido. Al salir de su casa, preguntó a los pajarillos que todas las mañanas se podaban en su tejado, que si eran ellos los que cantaban de aquella manera.

 

“No -contestaron ellos-. No somos nosotros los que cantamos tan dulcemente. Tratarse debe de un hermano nuestro, pero no sabemos cual será ni donde estará. Si le ves, hombre, dile que siga cantando, porque con su tonada inspira a sus hermanos a cantar mejor”. Y el hombre se interno en el bosque.

 

Al poco de andar, se encontró con el conejo, y a él le preguntó: “Conejo, ¿sabes quién canta tan dulcemente?”. Y el conejo le contestó: “No, hombre- No sé quien impregna el aire de la mañana con tan bella melodía. Sólo sé que desde que empezó, mi pequeño hijito, que esa enfermo, se ha recuperado cuando ya le daba por muerto. Si le ves, hombre, dile que siga cantando, porque su canto sana las enfermedades y trae alegría al corazón”. Y el hombre siguió su camino.

 

Al mediodía, mientras almorzaba en un claro junto al río. se encontró con el ciervo, que esa allí bebiendo. “Ciervo, -le preguntó- ¿sabes de quién procede tan delicioso canto?”. “Hombre, -le contestó el ciervo- no sé quién hace que el agua calme mejor la sed con su canto. Tan sólo sé que desde que empezó, los cazadores no han vuelto. Si le ves, hombre, dile que siga cantando, pues con su canción nos libra del peligro y nos mantiene a salvo”. Y tras escucharle, el hombre continuó con su búsqueda.

 

A media tarde, el hombre se encontró con el águila, a la cual preguntó: “¡Conoces tú, águila, que surcas lo cielos y que nada escapa a tu escrutadora mirada, quien canta tan dulcemente?”. “No, no lo conozco -contestó el águila-. Pero cómo tú has dicho, yo recorro los cielos y puedo ayudarte. Buscaré por las alturas, mientras tú buscas por los caminos. Si lo encuentro, le diré que le esas buscando, y el lugar por donde te hallas”. Y el hombre, tras darle las gracias, siguió su camino.

 

Ya era de noche cuando el hombre encontró al búho “Hombre, -le dijo el búho- el águila me ha dicho que buscas al que canta tan dulce canción”. “Así es, búho -le dijo el hombre-. ¿Sabes tú donde puedo encontrarle?”

 

“El águila le encontró, pero no pudo decírtelo. Por eso me pidió que lo hiciese yo. ¡Sígueme!”. De esta manera, el hombre siguió al búho pleno de alegría. Por fin iba a conocer a quién esa adornando, durante todo el día, el aire del bosque con su canción.

 

El búho le llevó hasta unos matorrales donde, entre ellos y en una especie de lecho, se hallaba postrado un pajarillo de bellos colores. Frondosas plumas cubrían su cuerpecillo, del que salía una larga y colorida cola. “Hombre, -le dijo el pajarillo, con un tono ligeramente extenuado- me han dicho que caminaste todo el día para encontrarme. Pues bien. aquí me tienes. ¿Que es lo que quieres?”

 

“Deseaba conocer a quién canta con tanta belleza. Por el camino me pidieron que te dijese que no dejaras de cantar. Tu canción inspira a tus hermanos, curó al pequeño conejo y protege a los hermosos ciervos”.

 

“Entonces… voy a tener que dejar de cantar, si eso es lo que está ocurriendo mientras lo hago”.

 

El hombre no cabía en si de su asombro. “¿Acaso eres tan egoísta -le reprochó- que ahora que sabes todo el bien que tu canto produce, decides guardártelo para ti mismo?”

 

“Estás equivocado, hombre -le contesto el pajarillo, respirando con fuerza como si cada palabra le costase esfuerzo pronunciarla-. Si sigo cantando, mis hermanos pájaros no tendrán otra inspiración que mi canto. Si sigo cantando, el conejo creerá que jamás enfermará de nuevo y el ciervo, que nunca volverá a correr peligro. Todos ellos dependerán de mi canción, y eso es algo que no debe ocurrir porque al fin y al cabo hombre, mi canción es de muerte. Canto porque me muero, porque nunca volveré a ver la luz del sol. Canto de pena porque mi amada se queda sola y porque no volveré a surcar el cielo con mis hermanos a los que tanto inspiro. Canto a la vida porque la abandono, y canto a la muerte mientras la espero, pues ya me queda poco. Piensa en lo que sucedería, hombre, si aquellos que nombraste dependiesen de mi canción. No, debo dejar de cantar. Gracias por venir a avisarme de que debía dejar de hacerlo”.

 

Y El hombre se marchó triste, porque le había quitado a aquel pajarillo lo único que le quedaba al final de su vida… su canción.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Biteles

Pos mira: así como que uno, en estos días de asueto presionado (porque las vacaciones tan sólo son una cuenta atrás que se lleva de la mejor manera que se puede), de pronto se pone a revolver entre la cantidad de papelajos virtuales que tiene (y prefiero ni pensar en los reales) y de pronto aparecen cosas que piensas tú: Anda, pues esto quedaría majo en un blog, ¿no es cierto?

 

Y como reniego de crear un solo blog más mientras no cumpla regularmente con los que ya tengo o en los que colaboro, pues he decidido abrir el cajón y dejar que este viento de bits se lleve todos esos papeles. Vamos, que voy a comenzar a publicar por aquí una serie de cuentos, nanocuentos, artículos y demás paridas que he ido acumulando y que (creo) no han visto hasta el momento luz de ningún tipo salvo la de mi monitor.

 

Estaba pensando en ponerle un nombre majo y atractivo a esta pequeña sección pero lo mejor que se me ha ocurrido (y eso dice mucho de mi creatividad) ha sido “biteles”, mezclando “bits” con “papeles”. Lo sé, lo sé, una verdadera desgracia. Pero me quedo con él porque, al fin y al cabo, me ha caído simpático.

 

Nada más: sólo avisar de eso, de que por aquí empezarán a frecuentarse algunos textos viejos que, por alguna razón a medio camino entre el egocentrismo y el puro y simple desatino, tengo ganas de que reciban un poco de aire. Pero no os preocupéis: siempre quedará la salida de borrar la suscripción.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Estrategias de popularidad

Si conseguimos que un ídolo de quinceañeras promocione Linux, tenemos la batalla ganada.

 

Topopardo, hablando de frikis y no-frikis.

sábado, 20 de diciembre de 2008

Propósitos

Ya está aquí la Navidad y con ella llegan  las cestas de nuevos propósitos. El inglés, la dieta, el tabaco, la guitarra, el Ulises de James Joyce y otras muchas cosas que tenemos pendientes quedarán resueltas el año que viene. Seguimos creyendo que podríamos ser otro distinto del que somos si nos lo proponemos. Tal vez el auténtico espíritu de la Navidad resida en la negación de la evidencia y en mantener ese resorte infantil que da la espalda a la razón y se aferra a la fantasía como sólo lo saben hacer los niños cuando crean mundos disparatados ante una realidad que les amenaza.

 

El Gran Wyoming, hablando acerca del espíritu de la navidad.

 

Plantearse propósitos de año nuevo no tiene mucho sentido si consideramos que siempre tenemos semanas nuevas, meses nuevos y hasta nuevos días. Esas promesas quizá no se realicen tan sólo porque nos damos todo un año para cumplirlas. O tal vez sea precisamente por eso que las hacemos…

 

Si quieres cambiar algo en tu vida, no necesitas un punto de referencia como el del año nuevo. Basta con fijarte como fecha el próximo amanecer, la próxima hora o, mejor, el próximo minuto.

 

El único propósito que me voy a hacer es el de acordarme de escribir “2009” en lugar de “2008” a la hora de poner la fecha.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Tortugas y liebres

Para mejorar sus productos son tortugas; para fingirse víctimas, corren al Juzgado como liebres.

 

Hernán Casciari, acerca de las cadenas españolas de televisión.

 

¿De cuántos más sabes a los que se les podría aplicar esa frase?

lunes, 8 de diciembre de 2008

Todo está relacionado

Muy interesante lo que se plantea en este artículo de Público y al que llego por medio de Cosas Sencillas. Básicamente, de lo que habla es de la perdurabilidad de la información que ahora mismo hay disponible (propia o ajena) debido a los formatos. Dicho fácil y rápido: ¿se puede asegurar que en el futuro se podrá acceder a los datos contenidos en un soporte dependiendo de su formato? ¿Que pasa si, por decir algo, va Microsoft y cierra? ¿Y todos los DOC? ¿Qué pasa con ellos?

 

Aunque me parece que la afirmación que se hace en el artículo es un poco tremendista (dudo mucho de que dentro de un siglo no se pueda abrir un JPG, que no es lo mismo que no se usa habitualmente, que eso me lo creo más), mirándolo de otra manera no deja de tener su razón. Por ese afán compulsivo de guardar información, conservo unos cuantos archivos en formato WPS, de la época en que usaba MS Works. A pesar de que estoy seguro de que si me pusiera a ello, encontraría algún programa o servicio que me lo convirtiese, programas modernos y muy usados no consiguen abrirlo (¿puede hacerlo el MS Word? Yo es que uso el OOo Writer). Y estoy seguro de que más de uno puede decir lo mismo respecto a otros formatos y otros programas.

 

No hay que irse muy lejos. Basta con que uses un programa minoritario pero extremadamente útil para ti y que ese programa deje de desarrollarse. ¿Qué pasa con tus datos? ¿Que ocurrirá con, por ejemplo, los archivos de una Palm dentro de, digamos, una década? ¿De verdad habrá algún programa que los abra?

 

Fíjate, eso de la compatibilidad hacia atrás resulta que es una cosa que se debería tomar más en cuenta de lo que piensan algunos de los muchos inmediatistas que pululan por la red. Si bien, como digo, el artículo tiene un mucho de sensacionalista (a lo geek), me ha gustado lo que dice el profesor citado en el texto:

 

Por eso, este profesor apuesta por el software libre y los formatos abiertos como medio de asegurarse la recuperación de la información en el futuro. "Nuestra capacidad para interpretar la información digital se agranda si contamos con las documentación técnica y las especificaciones de cómo fueron escritos originalmente los datos", explica McDonough.

 

Me recuerda a ese disco de oro con información que lanzaron al espacio y que en sus cubiertas explicaban en gráficos como construir un aparato que pudiera acceder a la información (bueno, no es exactamente así, pero nos entendemos). Lo mismo ocurre con la información técnica importante para la humanidad: patentes  y derechos de autor ayudan a concentrar en pocas manos un conocimiento que, de pronto, puede resultar de vital importancia para un grupo humano considerablemente grande. Las mismas justificaciones que se utilizan para no divulgar el proceso de creación del formato que te permite guardar tus documentos, se usan para impedir que mucha gente en muchos sitios pueda acceder a medicinas que podrían salvar su vida o, al menos, mejorar la calidad de lo que les queda. El software libre y los formatos abiertos deberían ser un modelo a seguir en esta época. En cuanto a la manera de rentabilizar dicho modelo, pues habría que pensar como hacerlo ¿no? Total, si el modelo económico actual fue creado por humanos, los mismos humanos podrían buscar otro mecanismo en el que todos ganásemos, no en el que muchos perdieran para que unos pocos ganasen.

 

De la cultura a la salud. Todo está relacionado.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Nada es gratis

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En algún momento hablé del hecho de confiar nuestros datos a servicios que pudieran perecer algún día (lo siento, no estoy como para buscar el enlace). He aquí una muestra de ello: Mevu, un lugar que te permitía crear una página recopilando todo lo que haces en la web, tus direcciones y que tenía un formulario muy majo para contactar contigo, se fue sin decir adios. De hecho, de no ser por Dondado vía Twitter (del cual ando un poco ausente últimamente) ni me habría enterado de ello por lo menos hasta más del tiempo del que paso.

 

Mevu desapareció así, sin decir nada, sin avisar a sus usuarios y sin ningún tipo de comunicado. Al menos, yo no he visto ninguna referencia a ello en ninguna parte ni he recibido correo alguno. Desde luego, lo mínimo que se les puede calificar es de descorteses, por decir algo. Porque vete tú a saber si su proceder tiene alguna consecuencia legal.

 

Todos los días aparecen nuevos servicios web que nos prometen más calidad y cantidad de lo que sea: almacenamiento, tráfico, loquesea. Ahora, con esta crisis que todos los agoreros y expertos aseguran que es de larga duración y con bonus tracks incluidos, más hemos de ver que vayan cayendo. Si empresas importantes como AT&T andan mandando gente a la calle, u otras como Twitter, que se lo tomaban con calma, ahora le ven las orejas al lobo y salen corriendo a tratar de llenar sus arcas, las pequeñas startups que contaban con tener un periodo de tiempo durante el que desarrollar su rentabilidad  seguramente o encuentran un mecenas, o se irán a pique.

 

La primera pregunta que surge ante una situación de este tipo es a dónde van a parar los datos que teníamos ingresados en el servicio. Como en la mayoría de las ocasiones se trata de servicios situados en el extranjero (respecto al sitio en donde nos encontremos, claro, que esto es relativo), poco se puede hacer: echa para atrás la horrible perspectiva de un futuro lleno de papeleo virtual sin ninguna garantía de conseguir algo efectivo. En el caso de Mevu, no se trata de nada muy grave, pues todos los datos que tenía allí son de dominio público, por así decirlo. Pero ¿y si el próximo fuese otro servicio que tuviera más información y ésta de carácter mucho más privado? Por ejemplo, uno de esos sitios que te ofrecen hacer respaldos de tus datos sin gastar un centavo.

 

Hay otro efecto secundario en lo relativo a este tipo de desapariciones: te echan en brazos de quien te puede ofrecer mayor estabilidad. El servicio que yo esperaba de Mevu era pasivo: un lugar donde poder referenciar a todo aquel que quisiera saber toda mi presencia en la web. Y no, no me refiero a Friendfeed, que eso está bien para mostrar lo que vas haciendo, pero en las que aquel que no está metido en estas cosas tan 2.0 se pierde. Es decir, algo donde colocar cosas y poder olvidarme sin necesidad de darle un mantenimiento salvo cada muchos meses. Entonces, en semejante trance, ahora ¿quién podrá socorrerme? Yo, el Google colorado. O Microsoft. O Yaho… ups. Mejor, en esto último ni entro, que lo de Yahoo es para dar de comer aparte.

 

En mi caso, recalo en Google, pensando abrir mi página de referencia en Blogger (por diferentes razones). Para mis recursos, es a lo único que puedo aspirar y que me ofrezca cierta confiabilidad. Peeero… ¿sabéis de esa afirmación –por lo visto, falsa- de lo que pasaría si todos los chinos saltasen de una silla al mismo tiempo? Pues tratad de imaginar que podría pasar si todos los usuarios fueran de Google. Nos podrían poner a temblar a todos. Y no es sólo una sola empresa. Pueden ser dos o tres, pero un número muy reducido. Es una posibilidad a tener en cuenta.

 

Nada es gratis. Se habla mucho de la economía de la atención, pero primero va la economía del uso. Por ejemplo, Twitter anda tras un modelo de negocio. Seguramente, conseguirá lo que busca y quien sabe si será por medio de la publicidad o no (con esa API abierta y extendida a tantos servicios, ¿funcionaría?). Pero lo que consiga será gracias a esa cantidad ingente de usuarios del servicio, con un perfil taaan definido. No importa que no sea publicidad: cualquier cosa la argumentará en base a su número de usuarios. Podemos estar usando un servicio sin costo monetario, pero no es gratis. De hecho, es un trato: tú nos permites usarlo y nosotros lo usamos. Al usarlo, te estamos pagando, te estamos dando una moneda de curso legal en un ámbito determinado: nosotros.

Fail – fail – fail – fail – fail

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Ando de capa caída: la computadora que utilizaba de manera regular para prácticamente todo decidió unilateralmente bloquear cualquier intento de comunicación con ella. Se la puede mirar, mas no tocar. Dicho de otra forma menos críptica: teclado, touchpad y puertos USB muertos.

 

Si hay algo peor que se te estropee la computadora con toda la información dentro es que eso ocurra justo cuando habías empezado con un proceso de backup y, encima, habías elegido comenzar por la información más irrelevante y de bulto, de manera que, al caerte la tormenta encima, la información indispensable del día a día se queda dentro de la máquina. Frustrante.

 

Al conectar el miércoles un iPod a mi portátil Acer Aspire 3100 (el mismo que había conectado y sacado unos minutos antes), la máquina decidió aislarse en sí misma y olvidarse del mundo exterior: teclado, touchpad y conectores USB dejaron de funcionar. Obviamente, creí que se había colgado y la reinicié a la fuerza. Pero nada: el sistema arranca normalmente, llega al GRUB y carga Windows XP, se inician todas las aplicaciones pero… Nada, no puedo hacer absolutamente nada. Ni al menú de la BIOS puedo acceder.

 

He estado buscando por la web a ver si daba con señales que relacionasen los síntomas con un diagnóstico, pero aunque he encontrado bastantes casos en foros, ninguna de las posibles soluciones que he hallado me ha funcionado (respuestas que, además, han sido muy pocas: la mayoría de las veces me encontraba con mensajes solitarios y desesperados en foros donde nadie había dejado ninguna respuesta). Haciendo la búsqueda en inglés, me he encontrado con gente que igualmente ha probado de todo, pero no han conseguido nada.

 

Con la ayuda del ínclito tendero digital (que muy amablemente me ha atendido a distancia), conseguí extraer el disco duro y mañana empezará el peregrinaje en busca del adaptador que me permita hacer el respaldo de toda la indispensable información que se encuentra en el interior. Por suerte, no toda mi vida está en formato digital y tengo respaldo en papel de todas las notas de mis clases. Aún así, me ha tocado avisar que me retrasaré un tanto en la entrega de las mismas, porque por desgracia, algunas calificaciones sí están únicamente ahí.

 

Pero ¡ah! mi vida digital se ha visto bruscamente cercenada. El aparato… bueno, aún veremos si es reparado o sustituido como buenamente se pueda, pero tengo que buscarme la manera de conseguir ese adaptador (ATA a USB) para poder recuperar todos los archivos originales de los comics de Proyecto Autodidacta. Y lo que es más, hasta guiones de las nuevas páginas que estaba por empezar. Y mejor no me pongo a pensar en la novela del NaNoWriMo, o en las actividades para las clases que ya tenía casi terminadas o en archivos necesarios para las mismas que había descargado y ya no recuerdo de donde, o en las contraseñas de servicios que uso de vez en cuando (pero uso) y que están en un archivo cifrado (por suerte)…

 

Hasta aquí el lamento. Lo próximo: resolver este problema cuanto antes y, de todas formas, regresar al posteo regular, tanto aquí como en Proyecto Autodidacta. Aunque me temo que los comics estarán en hibernación durante algún tiempo: la máquina en la que estoy no me permite algunas virguerías en el proceso de realización a las que ya me había acostumbrado.

 

Imagen de Tim Caynes.

martes, 2 de diciembre de 2008

A ver si nos aclaramos…

Anda, que entre el Ministerio de Cultura español y el periódico El País buena la están liando. Las cosas no son tan sencillas como para reducirlas a un enfrentamiento reducido al “y tú más”. No es sorprendente que en la campaña “Si eres legal, eres legal” recurran a argumentos tan simplistas acerca de la situación de la cultura poniéndolos bajo el epígrafe categórico de “las 10 mentiras más difundidas sobre propiedad intelectual”: al fin y al cabo, desde los altos estamentos nunca se han preocupado mucho en profundizar en el debate, llegando a ignorarlo por completo con la esperanza de que se deje de lado por arte de birlibirloque. Al fin y al cabo, quieren convencer de que no hay cabida a ningún debate posible visibilizando sólo una posición: la suya.

Hasta ahí, ninguna sorpresa. Pero sí es sorprendente que El País les plante cara con la misma simpleza y confundiendo aún más el asunto para el usuario medio. Yo, que no soy ningún experto (pero que sí he escuchado mucho a Andy, que sí lo es), me doy cuenta de los errores cometidos en la redacción de un artículo que no precisa más que de unas cuantas búsquedas adecuadas en Google y, a ser posible, una entrevista con algún abogado medianamente imparcial.

Pero como una de las ventajas de la web es poder recurrir a diferentes fuentes para contrastar las informaciones, no hay que dejar de leer la entrada aparecida en Del derecho y las normas para poder ver de primera mano los errores que cometen ambos textos al reducir de la manera en que lo hacen algo que es muy complejo no sólo a nivel moral sino, sobre todo, a nivel legal.

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