Redireccionando

Puedes acceder a esta página haciendo click aquí

Algunos blogs que sigo

Twitter

Ivan's bookshelf: read

Que la muerte te acompañe
El atlético invisible
Cómo escribir claro
Hollywood Babylon
Fuckowski, memorias de un ingeniero
Copia este libro
Inteligencia intuitiva
The Naked Woman: A Study of the Female Body
Eisner/Miller: A One-On-One Interview Conducted by Charles Brownstein
La Etica Del Hacker Y El Espiritu De La Era De La Informacionu
Más allá del crash. Apuntes para una crisis
The Dunwich Horror
El nombre de la rosa
Story: Style, Structure, Substance, and the Principles of Screenwriting
Steve Jobs


Ivan Lasso's favorite books »

Páginas

"No plan, no backup, no weapons worth a damn. Oh, and something else: I don’t have anything to lose".- The doctor

Con la tecnología de Blogger.

Llévatelo gratis

martes, 30 de enero de 2007

El complejo “Power Point”

El complejo “Power Point”, también conocido como “Mamá, mira lo que sé hacer”, es algo muy extendido. Todos nos hemos bajado en algún momento una presentación de Internet, o en la mayoría de los casos alguien nos ha mostrado una que ha hecho con mucha dedicación para un deber, para una exposición acerca de un tema... No importa.

El complejo “Power Point” se refiere a la capacidad para dotar de un exceso de efectos a una presentación que, en acumulación, llegan a hacerla ilegible. ¡Guau! Menuda definición. Apaga y vamonos.

Pongamos un ejemplo. Alguien (un amigo, un alumno, o en el peor de los casos un familiar), acude a ti para pedirte que veas una presentación que ha hecho. Tiene que exponer al día siguiente y quiere tu opinión. A pesar de que tu instinto de supervivencia empieza a mandarte señales en forma de dolores psicosomáticos, aceptas. Al fin y al cabo, acabas de actualizar el antivirus y no crees que nada malo pueda pasar.

Abres la presentación. Primera diapositiva. Nada más empezar, todo negro y ¡zas! Aparece de la nada la diapositiva, o más exactamente el fondo. Y viene girando, dando vueltas. Bueno, está bien. Es el principio. Tienes que atrapar al espectador, ya se sabe.

A continuación, empiezan a aparecer las letras. Un montón de duendecillos con muy mala leche las lanzan desde fuera de los márgenes de la diapositiva. Además, cada una de ellas viene acompañada por un sonido distintivo, para que no la confundas con otra: una con un chirrido, otra con un derrape, esta de más allá es recibida con aplausos porque es muy conocida en su casa a la hora de comer... Poco a poco, y seguro que por algo relacionado con la teoría del caos, el texto va tomando un aspecto legible. Cuando por fin el texto se materializa ante ti, todo ese ballet demencial finaliza con una gran ovación. Esto de las ovaciones en Power Point es una cosa maniática. Hay gente que descubre que puede ovacionarse a sí misma en la presentación y se dedican a poner esos aplausos enfervorecidos constantemente, como si fuese la única ocasión en su vida en que pueden llegar a recibirlos. Y si además hay algún “¡Bravo!” por ahí, pues mejor. Es algo así como mirarse al espejo gritando eso de “¿Qué era cuando me parió mi madre? ¡El número uno!”, pero en plan bestia, para que todo el mundo lo oiga.

Tras esto, cuando ya estás superando el aturdimiento y vas a leer el texto (o, si te van las emociones fuertes, lo estás terminando de leer), la diapositiva asume que ya has tenido tiempo suficiente para recrearte en ella y se larga sin avisar a nadie. No has terminado de reaccionar cuando otra se desliza lentamente desde la parte superior. Y, oh sorpresa, está vacía. Sólo es un fondo, algo así como queriendo generar expectativa.

Entonces, tomando consciencia de que quizás anteriormente el paso de las letras fue demasiado fugaz y aleatorio, ahora empiezan a entrar una tras otra. Y, en un alarde de ingenio y originalidad, van acompañadas por el ruido del golpe de una tecla de máquina de escribir. Antes no podías leer ninguna porque entraban bailando y en cuanto dejaban de bailar, se largaban como alma que lleva el diablo. Ahora ocurre lo mismo, que no puedes leerlas, pero por el caso contrario. Vas leyendo cada una de las letras y uniéndolas en tu cabeza para formar palabras. Cuando has formado una, comienzas con la siguiente y cuando la terminas, te has olvidado de la anterior, con lo que vuelves al principio hasta que te vuelves a topar con una nueva palabra en formación y... Bueno, pues eso.

De una manera u otra, vas logrando asimilar el texto, cuando de pronto, lo que faltaba: ¡un ovni! Sí, sí, un ovni. Porque se trata de un objeto volador no identificado. Algo entra en la diapositiva y empieza a revolotear por todas partes, chocando contra los bordes, agrandándose y achicándose hasta que por fin se detiene con un estruendo ensordecedor. ¿Qué significa eso? Pues que el creador de la presentación descubrió como animar objetos, ni más ni menos. Ni que decir que es en ese momento cuando la diapositiva toma las de Villadiego y desaparece sin que de nuevo hayas podido terminar de leer el texto.

En esta tónica transcurre el resto de la presentación, con todas las diapositivas amenizadas con unos fondos irritantes que, en conjunción con el texto, demuestran que el creador no conoce el significado de la palabra contraste y que de hecho no figura en su diccionario personal. A estas alturas, lloras como una magdalena: tus ojos no han podido aguantar semejante castigo y han comenzado una táctica de autodefensa. Al llegar a la pantalla en negro que significa el final de la presentación, sigues llorando pero ahora son lágrimas sinceras: no puedes reprimir la alegría.

A tu lado, el forjador de semejante despropósito visual espera tu veredicto. Ha demostrado que conoce todas y cada una de las funciones de Power Point, hasta las más recónditas y aberrantes relacionadas con la animación. La exposición es sobre “análisis de la coyuntura en la cría del gambusino mixto”, pero se lo ha tomado como si fuera un examen de informática. Le miras a la cara y te das cuenta de que si hubiese parido un hijo no estaría tan orgulloso. No tienes estómago para decirle la verdad. Y además, tienes miedo: si ha sido capaz de hacerle eso a una presentación que debía ser sencilla, a saber que te puede hacer a ti. Pero tampoco puedes mentir. Eliges la ambigüedad.

- Impactante.

El susodicho se va más contento que unas castañuelas y tú te quedas anotando las próximas recomendaciones que vas a dar en tu clase. Deberán seguirlas a rajatabla bajo pena de perder el año de manera irreversible.

lunes, 29 de enero de 2007

Sobre dinero: las propinas

Hay trabajos en los que gran parte de los ingresos provienen de las propinas. Las propinas son algo indeterminado que depende de la persona que las da. Personalmente, siempre me he sentido incómodo con esta clase de cosas. Por ejemplo, con los chicos del Supermaxi.

Para los que no viven en Ecuador, les cuento que Supermaxi es la mayor cadena de supermercados del país. Tienen un servicio en el que una serie de chicos van metiendo en bolsas los productos que has comprado y que luego, con un carrito, te los llevan hasta tu coche o hasta la parada de taxis. Aprendí por observación que cuando usabas este servicio, debías dar propina al final.

A mí me gusta tener las cosas claras, y las propinas son de esas cosas que nunca lo están. Supongo que a estos empacadores les pagan, pero como son chicos en su mayoría menos que adolescentes, te imaginas que su labor tan poco cualificada debe ser también poco remunerada. Entonces, en teoría, tú haces una pequeña labor social contribuyendo con tu propina a que ganen un poquito más y, supuestamente, a estimularles en sus labores. Así es como se interpretan las propinas la mayoría de veces. Pero eso es cuando reflexionas y tratas de justificar el hecho de dar propina.

Sin embargo, creo que la mayoría de las personas lo hace por miedo. Primero, lo hace por imitación: si todo el mundo lo hace, por algo será. Pero luego, en segunda instancia, cuando se pregunta por qué debe añadir algo al sueldo de un chico que sólo te lleva una gran cantidad de bolsas en un carrito que, además, no es suyo, la respuesta es el miedo. Miedo a que el chico nos mire con mala cara, miedo a que la próxima vez no nos atiendan bien, miedo a que la gente piense que somos unos tacaños, miedo a que nos monte una escenita delante de todo el mundo... En resumen, damos propina porque tememos los efectos de no darla.

Luego está el asunto de la cantidad. La mayoría recurrimos al viejo truco de dar un buen montón de centavos porque parece mucho pero es poco. Pero yo, que me siento culpable por usar un truco tan miserable y gastado, siempre meto una moneda o dos, de cinco o diez centavos, con lo que el viaje en carrito me termina costando más que un viaje en autobús.

La propina siempre va unida a eso tan ambiguo llamado “la voluntad”. Al asociarlo de esta manera, te están diciendo que tu voluntad de ayudar a los demás está en función de la cantidad de dinero que des. ¿Y si mi voluntad de ayudar es grande pero mi bolsillo es pequeño? Porque un blog no es que deje grandes ingresos...

Pero es que ahí no acaba la cosa. Si eres potentado, o tienes unos ingresos altos, cuando das una propina te puedes dar el lujo de ser generoso. Pero si eres como yo, con unos ingresos menos que humildes, encima corres el riesgo de quedar como imbécil si das demasiado. O sea, tienes que fluctuar entre los márgenes de la tacañería y los de la estupidez.

Bueno, sea como sea, a pesar de la pequeña desazón que me produce, seguiré dando propinas a los chicos de Supermaxi simplemente porque lo hace todo el mundo. Hay otros aspectos borreguiles que me preocupan más y que merecen un esfuerzo mayor.

viernes, 26 de enero de 2007

El “migrante”

Como casi siempre estoy offline, cuando me encuentro con, por ejemplo, un blog que me gusta, utilizo el Flashget para bajármelo por completo (cosa que me deja sin las imágenes que pueda haber en los posts). Entonces me lo leo con tranquilidad y después me suscribo a él y lo sigo cuando estoy online. De esta manera, he descubierto blogs muy interesantes (muchos de los cuales se pueden ver en la columna de al lado) y me los he leído de cabo a rabo porque daba gusto hacerlo.

Por medio de un vínculo en alguna página que ya no recuerdo, llegué a Orsai, del escritor Hernán Casciari. A este señor no le conocía yo de nada, pero decidí bajármelo pues me había gustado su artículo. Y me gustaron los otros, vaya que sí me gustaron.

Lo que más me llamó la atención cuando los leía eran las comparaciones que hacía entre Argentina y España, y en las que casi siempre sale perdiendo España. A medida que le fui leyendo, me enteré de que era un argentino que se fue a mi país y que ahora vive en Barcelona. Pero no por necesidad, sino por amor.

Algunas de esas comparaciones me molestaron, y pensaba que no tenía razón en lo afirmaba. No he leído los comentarios de esos posts (de hecho, de ninguno porque el Flashget no me los bajó), pero imagino que más de uno debe de haber sido incendiario, mostrándose ofendidísimo por las palabras de Hernán. No me cabe ninguna duda, y alguna vez, por simple pasatiempo, lo voy a corroborar. Quizá si yo hubiese estado online, lo hubiese hecho también.

Pero por suerte (ahora sí), lo leí offline, y eso hizo que pudiese tener tiempo para pensar.

Es completamente lógico que Hernán diga las cosas que dice. Le entiendo. Cuando uno está viviendo en un país que no es el suyo (y “suyo” puede ser por nacimiento, por crianza o, sencillamente, por adopción), mitifica su país. Todo lo que no halla en el que se encuentra, lo extraña, y si lo encuentra, es peor. Con más facilidad de la que parece, uno se deja llevar por la emotividad y establece comparaciones completamente odiosas en la que su patria lejana siempre sale ganando.

Ya van para once años los que llevo fuera, y quizá me duele más estar fuera de Madrid que de todo mi país. Adoro la ciudad donde nací. En todo este tiempo, sólo he podido ir una vez, pero que vez fue esa.

En lo que llevo aquí, muchos ecuatorianos han emigrado a España. Y estoy seguro de que, estén en la situación en que estén, extrañan muchas cosas de acá que yo considero que están mejor allá. Pero es normal. No es sólo cuestión de costumbre, es cuestión de cariño, de apego a la tierra. Es igual que pasa con los hijos: siempre el tuyo es el más “más” del mundo.

Estas fronteras que coloca el corazón son normales, y deben mirarse de esa manera. Hasta el más cosmopolita de la Tierra, sea el que sea, estaría de acuerdo con eso. El problema no está en izar una bandera, sino en golpear a otro con el asta.

Hernán se quedará con su dulce de leche. Yo me quedo con el pantomaca, que los catalanes lo hacen cojonudo. Los ecuatorianos se quedarán con su fritada y su ceviche (que aún no sé si lleva “v” o “b”). Y, bueno, pues todos comemos, ¿no? A la misma mesa y cada uno lo suyo, que no por eso nos vamos a tirar los platos a la cabeza.

Cuidado, que todo se guarda

Imagínate que creas un blog y eres tan irresponsable o tan incauto de hacerlo con tu propio nombre (¡ups!).

Imagínate que durante un par de meses te dedicas a decir tonterías, a decir chistes con menos gracia que dar el pésame en una sala de partos porque el niño nació feo. Imagínate que demuestras total desprecio por la hortografiá y que colocas la puntuación como quien pone la cola al burro (Pratchett dixit).

Pasados los dos meses, te aburres y te olvidas del tema. Nadie te ha hecho caso (como era obvio) y te refugias en las listas de correo mascullando contra la incomprensión del mundo.

Pasan los años. Tu carrera llega al punto más alto. Eres una figura pública. Para los demás eres un referente del éxito, del savoir faire, de la presencia. Y entonces alguien, inocentemente, pone tu nombre en Google. Es un fan. Eres su ídolo. Muere por ti. Recorre todos y cada uno de los enlaces que aparecen en el buscador. Pero todos, ¿eh? No como solemos hacer la mayoría, que nos quedamos en los diez primeros que aparecen.

Y así, vínculo tras vínculo, recorriendo enlaces cual Pulgarcito (¿era él?) volviendo a casa, llega hasta el cadáver de tu blog.

Oh.

Ups.

Ay.

¿Cuánto tardaría este - ahora desencantado – fan en regar por todos las listas de correo, grupos de Msn y comunidades similares la dirección de tu ya fenecido blog? ¿Cuánto tardaría en contagiar su desencanto a otros fanáticos? Y lo que es más: ¿cuánto tardarías tú en caer de tu pedestal simplemente porque durante dos veces se te antojo comportarte como un imbécil, cosa que sin ir muy lejos nos puede ocurrir a todos?

Quizá no te preocupes. Quizá sabes que esa posibilidad para ti es inexistente. Sabes que serás famoso el día que las ranas tengan pelo, y será porque te habrás convertido en el primer peluquero de ranas. Pero...

¿Y si esa chica que conociste el otro día y con la que hay tan buen rollo decide buscar en Google tu nombre a ver que sale?

¿Y si el tipo que te va a contratar, después de tres años en paro, hace lo mismo? (Ojo, que he oído que esto lo hacen)

¿Y si tu madre aprende a manejar el ordenador y llega hasta tu post titulado “Incesto, mi secreto mejor guardado”? O peor ¿Y si tu hija llega hasta ese post? ¿Y si lo hacen sus compañeros de clase?

Parece ser que todo lo que sale en Internet queda guardado. Recuerdo haber leído por ahí (vete tú a saber donde) que había ordenadores que rastreaban la web y guardaban todo lo que encontraban (¡la cantidad de porno que tiene que haber ahí dentro!). Creo que una de las iniciativas del proyecto de www.archive.org es esa, la de convertirse en un archivo donde encontrar todo aquello que haya estado alguna vez colgado en Internet, aunque capaz me equivoco (ese es el problema de escribir offline).

Con todo, ponte en la peor situación: todo lo que tú hagas o digas en Internet, queda registrado en alguna parte.

¿Consejo? Usa seudónimo.

O mejor: no digas tonterías (o algo de lo que después puedas arrepentirte).

P.D.: ¿Me arrepentiré tiempo después de haber escrito esto? La solución dentro de unos años.

jueves, 25 de enero de 2007

El complejo Spiderman

Mi familia (bueno, mi madre, mi abuela y mi tía-abuela) siempre me dijeron que yo aprendí a leer con Batman y Superman. Como es obvio, no recuerdo si fue así. Pero si lo fue, hasta el día de hoy me dura la afición por el cómic. Pero no es de esto de lo que quiero hablar, pues para ello está mi otro blog, que tengo un poco descuidado últimamente.

Durante mi infancia fui bastante aficionado a los superhéroes. De ahí creo que se me quedó lo que he dado en llamar el “complejo Spiderman”. No, no es que me dedique a subirme por las paredes en mis ratos libres y pegarme unas ostias del copón. Esto merece explicarse.

Los superhéroes, como es sabido, no tienen una vida normal. Están en lo mejor de la fiesta y ¡zas! ocurre algo. Se están tomando una copa y el Dr. Octopus, así como por casualidad, entra a robar en el restaurante donde se encuentra. Porque además, descuidados que son los héroes, se ha metido en el único local que tiene una cocina que funciona a fisión nuclear. O, maldito sincrodestino, se va a morrear con su novia en el parque donde tiene su base el temible villano de turno. O algo por el estilo. El caso es que cuando un superhéroe trata de llevar una vida normal dentro de las viñetas de un tebeo, no hay manera.

De pequeño, tímido yo, cuando me veía atrapado en una fiesta de adultos (las cuales son muy aburridas para un niño, a menos que seas un poco golfo), jugaba a imaginar que vigilaba el lugar por si ocurría alguna desgracia. Y no me refiero a que alguien tuviese una mala caída fruto de la borrachera o que sufriese un infarto. Estaba de guardia por si algún supervillano o una catástrofe natural ocurría y eran necesarios mis diligentes y oportunos servicios.

Como se pueden imaginar, nunca pasaba nada. Tampoco era que lo desease (menudo pájaro de mal agüero con pantalones cortos). Simplemente, me aburría y, para combatir el aburrimiento, jugaba a estar en alerta pues pensaba que en cualquier momento algo saldría mal.

Creo que ese sentimiento de alerta permanente, ese empeño en pensar que algo iba a salir mal, se me ha quedado grabado hasta el día de hoy. Es como si tuviese predeterminado el “no” en mi cabeza, o seleccionadas por defecto las peores opciones de lo que podría ocurrir. Lo he bautizado “complejo Spiderman” porque en las historietas que recuerdo haber leído de este personaje en mi infancia, Peter Parker era el más aquejado de esta desagradable costumbre de no poder terminar el plato que estaba comiendo porque se aparecía el oportuno villano.

Hace un tiempo, un compañero me dijo que él pensaba que las cosas iban a salir siempre mal solamente por pragmatismo: si salían bien, alegría, juerga y cachondeo; si salían mal, no se ha perdido nada, ya lo venía venir. Lo juzgaba como una manera de conjurar al destino. A pesar de que me parecía una manera muy negativa de ver la vida, tuve que admitir que yo lo conjuraba de la misma forma.

Creo que debemos ser muchos los que pensamos de esa manera, igual que tantos que pensamos que eso nos hace mal, nos perjudica, nos enferma. De todas las posibilidades que pueden ocurrir en un determinado hecho, elegir temerse siempre lo peor sin ningún fundamento para ello puede ser un brillante antídoto contra la desilusión. Pero no es bueno. A la larga, creo que carcome el alma y derriba las esperanzas desde los cimientos. ¿Para qué hacer cualquier cosa si ya sabemos que no va a darse como esperamos? Quizás esa sea la razón por la que he comenzado tantas cosas en mi vida y he logrado terminar tan pocas.

Soy consciente de que la lectura de superhéroes en mi infancia me ha producido mucho bien. Me ha dado un basamento moral en el que, al día de hoy, fundamento mis acciones. Sin embargo, si ha habido alguna contraindicación, ha sido la del “complejo Spiderman”.

miércoles, 24 de enero de 2007

Descubriendo el podcast

El otro día me llegó un mail de una persona, José A. Gelado, que me felicitaba por Ciberia y que incluía en su firma una serie de direcciones (aparte de que quería hacerme una entrevista, ¡ups!). Obviamente, abrí las tres direcciones, pero la que me llamó la atención era la que contenía la palabra “podcast”.

Yo no sabía que era eso. En el iTunes (el reproductor que utilizo) había visto el nombre, y creía que se refería a algo así como radio por Internet, pero “on stream” (creo que se dice así): o sea, que tenías que estar conectado mientras lo escuchabas. Nunca, en ningún café-net o en mi trabajo, me había animado a probar esa tecnología. Los vídeos que la usan (YouTube) no me terminan de gustar porque se demoran demasiado en cargarse y se entrecortan (las conexiones desde las que entro, a pesar de ser de banda ancha, no es que sean como para dar saltos). Es por eso que prefiero las cosas descargables, pues así las veo u oigo en la tranquilidad de mi casita. Días antes de que me llegase ese mail, yo había estado buscando someramente por Google programas de radio para descargarme (de radios española, claro está), pero no había encontrado nada. Claro, como iba a encontrar algo si estaba empleando las palabras inadecuadas. La palabra propia era “podcast”.

Pero no descubrí que era podcast era lo que estaba buscando hasta que entré en http://www.comunicandopodcast.com. Y entonces, fui feliz.

Siempre me ha gustado la radio, pero con la excepción de programas que me interesasen mucho, los horarios siempre me han bailado en la cabeza. Aquellos que, como yo, tienen insuficiencias de espacio en el disco duro craneal y que necesitan de una defragmentación urgente me entenderán. Y eso cuando resultaba que el programa coincidía con tu horario normal de trabajo, porque como descubrieses un programa en tu jornada de vacaciones que fuese emitido digamos que por la mañana, ibas dado después para seguirlo. Hay que añadir también el deseo (a veces necesidad) de aquellos que, de nuevo como yo, están lejos de su país de origen, que quieren escuchar cosas de sus propio país. Pero ahora, para todo eso y mucho más, están los podcasts.

Pero, ¿qué es el podcast exactamente? Por si no lo saben (y los que ya lo sepan, pasen de esto: lo incluyo aquí porque me emocioné con el descubrimiento), voy a copiar y pegar algunas cosas sacadas de http://www.podcastellano.com. El documento es “El libro de podcast”, y les recomiendo que lo visiten: aparte de definiciones y detalles más extensos, también viene una lista de sitios que resulta sumamente útil.

Bueno, copio y pego algunas cosas que me han resultado interesantes:

“Podcasting es la sindicación de archivos de sonido, normalmente MP3, con un sistema RSS, que permite suscribirse y descargarlos de forma automática y periódica.

Sindicación significa que no necesitas visitar otra página web individualmente para escuchar el mensaje (archivo de sonido) simplemente tienes que pulsar en un botón para escucharlo.

Según distintas fuentes, el término podcasting proviene de la asociación de Pod vaina o cápsula (en muchos casos se asocia a iPod) y broadcasting, o radiodifusión”.

Ahora, un resumen de FAQ que viene en “El libro de poscast”. Un fusilamiento mínimo, porque viene mucha más información de utilidad. No dejes de visitarlo en http://www.podcastellano.com:

¿Qué es un podcast?

R: Un podcast es un archivo de audio digital, normalmente en el popular formato mp3, que se coloca en internet para que otras personas tengan la posibilidad de bajar ese archivo y escuchar su contenido; o bien, es un "programa de radio sin radio", algunos la llaman "la radio de la nueva era", "la radio de la era digital".

¿Qué es el podcasting?

R: Podcasting es la tecnología relacionada con la producción y realización de "programas de radio", utilizando los computadores y la internet. Esta tecnología está siendo desarrollada y utilizada en el mundo por aficionados a las comunicaciones, que desean transmitir sus propios contenidos a través de internet, ya que para su realización no se necesitan grandes instalaciones como las que requieren las emisoras de radio tradicionales (mezcladoras de sonido, estudios de grabación y locución, transmisores radiales, etc.)

¿Cómo se escuchan los podcast?

R: Para escuchar audio o radio a través de internet, existen dos formas: al audio stream, o corriente de audio, y el audio on demand, o audio bajo demanda. La primera forma sólo se puede realizar cuando estoy conectado a internet, es decir, se debe estar on line, y los contenidos de audio se reciben en tiempo real desde el servidor de origen del emisor. La segunda forma, audio on demand, le permite al escucha descargar los programas de audio para poder escucharlos después sin estar conectado a internet. Algunos directorios de podcasts de reciente aparición, como www.podcast.yahoo.com o www.podcastpickle.com, permiten a los usuarios escuchar los programas tanto en audio stream, (se hace clic en Listen), como en audio on demand, (se hace clic en download).

¿Qué se necesita para escuchar un podcast?

R: 1. Un podcast se puede escuchar a través de cualquier reproductor de audio en el computador. 2. El archivo mp3 que contiene al podcast se puede escuchar en cualquier reproductor de audio digital, (iPod, pendrives mp3, celulares con mp3, etc), que soporte el formato mp3. 3. A partir del archivo mp3, se puede hacer un cd de audio, el que se puede escuchar en una radio portátil con cd, en el reproductor de cd del auto, etc.

¿Dónde puedo encontrar podcasts?

R: Un podcast lo puedo encontrar yendo directamente a la página web del creador, (por ejemplo, www.chilepodcast.cl), o buscar en sitios que agrupan muchos podcasts, llamados Directorios de Podcast. Además, y más genéricamente, se puede utilizar cualquier motor de búsqueda de internet, como www.google.cl, e ingresar en él el nombre del podcast. Por ejemplo, si ponemos Chilepodcast en google, veremos inmediatamente el link a la página principal y todas las apariciones de Chilepodcast en los distintos directorios especializados.

¿Qué es el RSS?

R: El RSS es una plataforma diseñada especialmente para páginas web que comparten información, y que se actualizan con frecuencia. Esto se conoce como sindicación. En un comienzo el RSS se utilizó para distribuir información en textos, pero actualmente su uso se amplió al podcasting.

Espero que esto haya servido para solventar las dudas de aquellos que han leído el término por primera vez. A mí, me ha parecido muy, pero que muy interesante, y desde ya me voy a suscribir a algunos. Seguramente, primero pasaré por la fase acaparadora, descargándome algunos programas antiguos para ponerme al día. Siempre tengo la sensación de que a los avances tecnológicos que más me interesan, llego tarde. De nuevo, este es el caso.

Para terminar, una recomendación: el programa de José A. Gelado, Comunicando. Según el dice el ya mentado libro, fue el primero en español. Es un programa entretenido y ligero, en tono conversacional, sobre ciencia y tecnología. No se lo pierdan. Además, tiene la ventaja que ofrece la posibilidad de bajárselo en diferentes calidades de audio (y, por lo tanto, con mayor o menor peso). Eso, y la música: buenos grupos cuya música te puedes bajar con toda libertad pues tienen licencia Creative Commons.

martes, 23 de enero de 2007

Dogmatizando intrascendencias

- ¿Practicas algún deporte?

- Ahora no. Antes, hacía ciclismo. De carretera.

- Es mejor el de montaña.

- A mí me gusta más el de carretera. Tenía una bici de carreras estupenda, de esas que se levantan con un solo dedo.

- Son mejores las mountain-bike.

- En España, seguía las tres grandes: el tour, el giro y la vuelta. Pero las perdí cuando vine acá. Acá no las pasan.

- Sí las pasan.

En este punto, decidí acabar la conversación que, por cierto, había iniciado él. Me pregunté para qué coño me había dicho nada si iba a invalidar todo lo que dijese. Y me di cuenta de que para eso precisamente había iniciado la conversa.

Hay personas que no hablan: pontifican. En su mano tienen la verdad y, en cuestión de opiniones subjetivas, tú estás equivocado. No importa que se trate de política o de la cría del gambusino, siempre estarás equivocado porque ellos tienen razón. Simple, ¿no?

Rehuyo la conversación con ese tipo de personas, sobre todo si los temas tratados son insustanciales, intrascendentes, subjetivos. No me molesta que me cuestionen, más si yo trato de hacerlo permanentemente (a veces hasta la exageración). Pero sí me molesta que en cuestiones de gustos me digan que estoy equivocado. Pueden decírmelo acerca de cosas que no he probado, pues quizá tengan razón. Pero, aún así, decir que un gusto es “equivocado” es pasarse un par de pueblos.

Lo que más me molesta de conversaciones como la que he puesto es lo que no se puede apreciar en la transcripción: el tonito con el que son dichas las cosas. Un tono de autosuficiencia, de censura y, sobre todo, de condescendencia. Las personas que hablan así no buscan amigos o compañeros temporales de plática insustancial, sino escalones sobre los que subirse para parecer más altos, sujetos a los que menoscabar para realizar una transfusión de ego. Y, lo peor, siempre con temas “chiquitos”, temas completamente subjetivos, cuestiones de gusto. Como herramienta, usan la tajancia cortante: yo tengo razón, tú no. Trata de argumentar que esa es tu opinión, que estarás equivocado. ¿Por qué? Porque lo digo yo. Punto.

Sucede que estas personas, por lo general, se acostumbran tanto a usar argumentos huecos que luego tratan de que se asuman sus opiniones y sus puntos de vista simplemente porque “él es él”. Siempre ven la paja en el ojo ajeno, y como llevan la contraria por sistema, creen que el resto del mundo les hace lo mismo a ellos.

Estas personas tan sólo son pequeñas chinches, piedritas en el zapato, granitos donde la espalda pierde su casto nombre. El problema es cuando se involucran en procesos importantes, en tomas de decisiones relevantes de alguna manera. En esos momentos en los que es preciso el diálogo y el intercambio de opiniones para llegar a un punto concreto, ellos se atrincheran en sus argumentos (que para algo son huecos) y paralizan todo el proceso con su verborrea insustancial. Si hay suerte, se consigue avanzar a trompicones, dejándoles en la cuneta rezongando. Se alcanza el objetivo a su pesar, por lo que luego van a buscar a alguien que preste oídos a su desacuerdo, siempre calificando de injusto todo aquello que no se pliegue a sus deseos. Como siempre lo encuentran, pasamos del pequeño dolor de cabeza al malestar general.

Creo que todos conocemos o conocimos a alguien así. Lo mejor en estos casos es poner una distancia prudente entre medias, por si acaso. Ya bastante tenemos con lo que tenemos todos como para permitir que alguien nos amargue el día por su santa voluntad.

Hay que divertirse

¿En qué consiste este blog con exactitud? Ya dije que iba a ser mi campo de entrenamiento, de rodaje. Me fijé como meta escribir todos los días, de lunes a viernes (en realidad, de domingo a jueves) un texto para colocarlo aquí. Me parece que es una excelente gimnasia mental. Todos los días de la semana me tengo que preocupar por encontrar algo digno de ser mencionado, algo sobre lo que hablar. Esto te esfuerza a escudriñar todo, a pensar como podrías tratar un determinado tema, acontecimiento o suceso de una manera que a tí mismo te gustaría escuchar... o por lo menos, la manera en la que te gustaría ser escuchado.

Me he dado cuenta de que cuando trato de ser muy serio, cuando trato de adquirir un tono editorialista, por así decirlo, no me sale. No sé, como que me veo falso. Es como si me pusiese un pantalón que me viene grande o una camiseta que me queda chica. Y lo que es más, me duele al escribir. No consigo fluir. No me divierto.

Creo que se trata sobre todo de esto último: que no me divierto. Para escribir, uno tiene que divertirse. Claro que, como muchas otras cosas, se puede hacer sin diversión. Se puede hacer sin que te duela despegar las manos del teclado, sin que superes a fuerza de voluntad la miopía que ya te hace doler la cabeza frente al monitor. Pero no es lo mismo.

Es como... dar clases. Y hablo de mi ejemplo más cercano. Excepto en los momentos bajos, lo disfruto. Me gusta. Siento que necesito mejorar algunas cosas, pero creo que en la mayoría de los momentos logro superar mis carencias con mi entusiasmo. Hay días que son fantásticos, que dar clases es como dejarse caer como un tobogán, disfrutando del viento en la cara, de la velocidad, de la sensación de vértigo, sabiendo que al final del día vas a caer sobre seguro. Otros son nefastos. No tienes ni la más mínima gana de currar. Te da pereza enfrentarte a la muchachada, intentar motivarles, hacerles prestar atención. Pero tanto unos como otros son los menos. Los más son los normales, aquellos en los que cumples tu trabajo, te sientes mínimamente satisfecho por haber cumplido con tu deber y tras la jornada pasas a otra cosa. Ahora, ¿qué ocurriría si pudieses dar clases solamente cuando tú quisieras, cuando encontrases un pasaje de un libro que podría ser interesante para tus alumnos o que simplemente quisieras compartir con ellos? Te saldría del corazón cada una de tus palabras. Discutirías, polemizarías, alabarías y denostarías. Y al final, te lo habrías pasado muy bien. Pero que muy bien. Te habrías divertido.

Este es el tercer intento para un post en el día en que escribo esto, y no consigo que las palabras indicadas salgan de mi cabeza como yo quisiera. He estado rebotando del sofá a la silla frente a la computadora y viceversa. Y todo lo que salía no me dejaba satisfecho.

Y ahora... Ahora he escrito una parrafada (ver más arriba) que me ha salido de dentro. No tiene mucha conexión con lo que decía en un principio, pero me he sentido más vivo al decirlo que cuando intentaba anteriormente hilar ideas inconexas para formar algo coherente. Me he divertido.

Ya que me he propuesto hacer este ejercicio, no se trata de hacerlo sufriendo, sino divirtiéndome. Porque la diversión es parte inherente de escribir. Cuando lo haces sintiendo lo que dices, el sufrimiento que puede acarrear colocar una palabra tras otra para formar algo que tenga un poco de sentido, se convierte en un placer.

- ¿Qué hemos aprendido el día de hoy? - dice el padre de familia acomodada norteamericana en su sitcom moralista de humor pacato y descafeinado.

- Cuando escribas, diviértete.

lunes, 22 de enero de 2007

Rexona: bestias y brujas

Para vendernos sus desodorantes, a Rexona se le ha ocurrido la fantástica idea de decirnos que los hombres somos unos bestias y las mujeres, unas brujas. O sea, la masculinidad reside en ser un imbécil que destroza la propiedad ajena para entrar en un sitio (intenta entrar así en un ministerio, verás que cara tan masculina y varonil te dejan los chapas); o en ser tan estúpido como para ir sentado en el techo del bus (será para no pagar el pasaje, digo yo; pero me gustaría verle hacer eso en un Colón-Camal, a ver cuanto aguanta ahí arriba). Y a todo esto, cuando llegas al trabajo, a sudor no oleras, pero si eres un “hombre hombre”, llegas con la ropa hecha una mierda.

Ahora bien, en el caso de la mujer no se pone en juego la feminidad. Se trata solamente de destacar, de ser increíble. E increíblemente descuidada, ojo, porque una mujer increíble usa la telekinesis a lo bestia, sin tener en cuenta lo que haya entre ella y lo que intenta mover (ésta se merece una beca en la escuela de Charles Xavier, o al menos en un jardín de infantes). Eso sí, si eres increíble, te aprovechas de ello para saltarte las colas al ir de compras (porque también sucumbes a los más banales vicios femeninos) y para no pagar en el metro, entrando al vagón como si fueses Superman, pero con las bragas por dentro. Y todo esto, con la música de “Bewitched” de fondo para recordarte que si eres increíble no es porque seas mutante o alienígena, sino sólo una bruja de andar por casa.

Hay anuncios que, aún recurriendo a estereotipos, hacen gracia. Te ries por la parte que te toca, esa parte común con los estereotipos que tenemos todos. Otros son completamente inocuos, no tienen ni chicha ni limona'. No nos vemos reflejados en ellos, ni nosotros ni a nadie de nuestro entorno. Apuntaron, pero al disparar no dieron en el blanco.

Por último, están las que la cagan, como el de Rexona. Señalan uno o varios elementos del estereotipo, los subrayan, y en lugar de un chiste, les queda un insulto. La gente, al ver como el tipo rompe el espejo para coger el desodorante, no dice “qué fuerte”: dice “qué imbecil”. Quizá querían exagerar la rudeza tópica del hombre para hacer una caricatura, pero lo que han hecho es acuñar una nueva frase. Cuando alguien haga alguna animalada por no pensar antes, podremos decirle: “Oye, tú usas Rexona, ¿verdad?”.

Por suerte, no uso ese desodorante. Si no, ya me habría cambiado a otro.

El lenguaje articula el pensamiento

Como la compra de un libro representa un lujo para mí, normalmente miro y remiro los que me interesan antes de tomar una decisión. En más de una ocasión, regreso a casa con las manos vacías. Prefiero seguir tirando de Internet para calmar mi hambre de letras que gastar mi dinero en algo que no me convence.

Sin embargo, hay autores sobre cuya obra no hago escrutinio alguno y que compro a ciegas. Uno de ellos es Álex Grijelmo.

Grijelmo se ganó este derecho dentro de mi vida gracias a “La seducción de las palabras” y a “Apología del idioma español”. Este último lo compré poco después que el primero porque me quedé con ganas de más.

Grijelmo es al lenguaje lo que Carl Sagan es a la ciencia. Despoja al lenguaje de ese áura mística e inalcanzable con la que le han envuelto algunos intelectualoides y lo devuelve a su lugar de origen, la calle. Pero, ojo con esto, recordando siempre la importancia de hablar y escribir bien. Y lo más importante, explicándolo.

Grijelmo consiguió cambiar mi manera de ver las cosas, dándome herramientas para poder cuestionar muchas cosas con más efectividad. Uno de los vicios que tenemos los españoles es el de “se dice así”. Debido a que el español nació y se consagró en España, creemos que el idioma sigue siendo sólo nuestro, y no es así. Grijelmo me enseñó a aceptar el español que no era de España sin sentir que estaba menospreciando o vulnerando algo que sentía (y siento) como muy mío. Me mostró que el lenguaje es algo vivo, por mucho que algunos se empeñen en matarlo, y que el mestizaje sirve para enriquecer todo idioma con nuevos términos.

Su último libro lo cogí directamente de una estantería y fui directamente a caja a pagar. Se llama “La gramática descomplicada” y hace honor a su nombre. Aún no me lo he terminado (últimamente ando algo lento con la lectura) pero, de nuevo, Grijelmo consigue poner a nuestra disposición un excelente cajón de herramientas del lenguaje. Explica cosas por las que ya hemos pasado en la escuela, pero lo hace con tanta claridad y de manera tan entretenida que renovamos y fortificamos los conocimientos adquiridos.

“La gramática descomplicada” debería convertirse en libro de texto de la asignatura de lenguaje. De hecho, así debería hacerse con toda la obra de Grijelmo. Si se hiciese, la próxima generación no sólo hablaría y escribiría mejor, sino que también pensaría mucho mejor.

viernes, 19 de enero de 2007

Lucio Gutiérrez y la tercera persona

¿Por qué Lucio Gutiérrez, ex-presidente de Ecuador, habla de si mismo en tercera persona? ¿Por qué hace lo mismo su - hasta el momento - esposa, Jimena Bohorquez? Tal vez se trate de una hábil estratagema comunicativa para distanciarse de los hechos en los que estuvieron involucrados directamente, y así no parecer tan quejicas pero sí muy objetivos. Porque además el uso de la tercera persona es selectivo, no lo hacen siempre.

Bueno, dejemos de lado a Jimenita, porque creo que el suyo tan sólo es un caso de contagio. Vayamos con el origen de la enfermedad.

A mí es que me repatea mucho esa manía de la tercera persona. Creo que una o varias reinas de Inglaterra la empleaban de la misma forma, y alguna estaba un pelín pasada de rosca. Tal vez lo mismo le pasa al Sr. Gutiérrez, o quizá sólo sean unos delirios de grandeza que no le entran en el cuerpo y, por eso, ha tenido que construirse otro donde poder albergarlos. Lo mismo es a ese otro Lucio a quien se refiere cuando dice cosas del tipo de “Lucio Gutiérrez fue víctima de un golpe de estado”. Quizá, cuando ganó las elecciones, hizo una versión beta 2.0 de si mismo y la envió a gobernar mientras se quedaba en casita. Esa pudo ser la razón por la que se cabreó tanto cuando la gente fue a protestar al frente de su humilde morada: se estaban quejando de la versión beta pero le echaban la culpa a la 1.0.

Vamos, que siendo benévolos, esa es la única razón que le encuentro. Porque, por mucho ego que uno tenga, tampoco estará dispuesto a que le confundan con Tarzán, que no tenía mucha consciencia de si mismo o se le olvidaba con facilidad su propio nombre y tenía que repetirlo en voz alta cada cierto tiempo.

Y ahora que lo pienso, ¿será que el ex-presidente sufre de amnesia galopante y selectiva? ¿Tendrá cartelitos y tarjetas con su nombre por todas partes, en plan “Memento”? ¿O será lo contrario, que no quiere acordarse de lo que pasó y por eso trata de poner distancia?

Las prisas y los forajidos

Desde que inventaron el café instantáneo, nada ha vuelto a ser lo mismo. No es que tenga nada en contra de este tipo de café: lo consumo a diario, pero el café instantáneo forma parte de una legión de elementos de preparación y consumo rápido que se ha tomado por asalto nuestras vidas.

Hoy día, todo tiene que ser rápido, inmediato, casi instantáneo. Estamos todavía lejos de esas maquinitas de ciencia ficción capaces de prepararnos, con pulsar un botón, un pollo asado, por decir algo. Sin embargo, esa máquina es el modelo imperante hacia el cual nos dirigimos. Comida rápida, cursos acelerados, banda ancha… Muchas de las innovaciones en este sentido son muy útiles y, como Bukowski, estoy a favor de la comodidad. Sin embargo, todo tiene su reverso oscuro, su yang, su contrapartida tenebrosa.

El hecho de tener a nuestra disposición tantas cosas instantáneas nos ha sumergido en una vorágine de aceleramiento continuo. Ahora, se nos hace insoportable la espera para cualquier cosa. La lentitud se ha convertido en un error, en un fallo, en un problema del sistema. El problema no es que haya cosas instantáneas, sino que queremos que todo lo sea cuando hay algunas que deben cocerse a fuego lento.

Tenemos ejemplos por todas partes: programas de televisión que prometen convertirte inmediatamente en estrella, aunque sea fugaz; librerías abarrotadas de textos con los pasos que conducen a un éxito monetario o social rápido y desproblematizado, o como mínimo un atajo hasta el nirvana; manuales para alcanzar el orgasmo en poco tiempo…

Nuestro problema, como siempre, es que no sabemos circunscribir las cosas a su contexto. Queremos construir una autopista hacia todo. Engullimos la comida sin saborearla, sobre todo la rápida que no merece serlo. Ya no son válidos los caminos, sólo los atajos. Argüimos que la vida moderna es la culpable y con eso nos eximimos de culpa.

Como lectores, cuando sucede una noticia relevante, acudimos a aquel blog que ha estado más cerca de los hechos y que, sobre todo, ha podido convertirlo en palabras coherentes con más rapidez. Igualmente, buscamos en la televisión el canal que se encarga de cubrir los eventos antes que el resto. No sólo necesitamos saber: necesitamos hacerlo YA.

Lo peor de todo esto es que exigimos la misma velocidad al análisis, algo que es completamente incoherente. Un análisis oportuno se hace desde la calma, desde la serenidad. Sin embargo, no faltan quienes proveen este análisis supuestamente certero con la inmediatez de un SMS. Y el público se apresta a devorarlo y engullirlo, asumiendo que fue cocinado con esmero y al ritmo adecuado, cuando en realidad fue hecho en el microondas.

Estos análisis apresurados, en una época que no da tregua para repensar las cosas, terminan siendo empacados y puestos en el supermercado de las ideas para ser reutilizados una y otra vez. Y ahí está el peor de los males. Se da por sentado que aquel análisis fue válido y nadie se toma la molestia de reevaluarlo. En muchas ocasiones, no pasa nada. O, por lo menos, no pasaba.

Hoy, Internet es el gran registro con el que muchos habían soñado. Los hechos quedan registrados allí para siempre (o en eso estamos esperanzados). Pero también quedan las interpretaciones de los hechos. Si alguien a quien le concedemos una cierta autoridad en un tema expone un análisis apresurado de una situación, aunque quede momentaneamente en el olvido, puede ser que algún día alguien se base en ese análisis para juzgar una nueva situación. De esta manera, se irán acumulando errores hasta quién sabe qué momento desastroso.

Aquí, en Ecuador, aparece en la televisión una señora vinculada con el partido en el gobierno a la que, durante las últimas elecciones, en los programas le ponían el título de “forajida”, sencillamente porque estuvo en las movilizaciones que se dieron en el 2005 en contra de Lucio Gutierrez. La elección de este término, persuntamente descriptivo, me parece erronea. Induce a pensar que esta señora (Gallegos, creo que se apellida) formaba parte de la organización que indujo o promovió esas movilizaciones. Y no fue así. Las movilizaciones fueron autoconvocadas, a pesar del protagonismo que tuvo la radio “La luna” en todos los acontecimientos.

En el momento de aquellas movilizaciones, y sobre todo en los días posteriores, se emitieron innumerables juicios acerca de lo sucedido. Ninguno se hizo con perspectiva, y todos parecen haber cuajado, por lo menos entre los media. Aparecieron incluso libros, no sólo relatando los hechos, sino juzgándolos y sentenciándolos.

Después de haber leído el libro “11M: redes para ganar una guerra”, de David de Ugarte (lo siento, no tengo a mano el vínculo para descargar directamente el libro), me encuadro más en que lo que ocurrió fue algo muy similar a lo sucedido el 13 de marzo del 2004 en España. Sin embargo, los juicios apresurados que se emitieron en su momento han calado tan hondo que han impedido que se realicen nuevas aproximaciones sobre el tema. Esto impide que se le haga conocer al público el fenómeno de las redes, y que se les haga tener consciencia del increíble poder que reside en su celular y en Internet. Desconozco si alguien con mayor conocimiento que yo ha abordado lo que sucedió desde el enfoque de las redes, pero temo que las voces que me gustaría poder oír hablando de esa manera acerca del tema también han sido absorbidas por el ya cuajado análisis apresurado.

He ahí el fruto de las prisas cuando no hay que tenerlas. He ahí el licor obtenido cuando no se deja fermentar su debido tiempo. Quizás deberíamos aprender a cultivar la paciencia y de vez en cuando tratar de asentarnos un rato en el fondo de este río que nos lleva.

Observación laboral

Hay ciertas tipologías de individuos que son comunes a todas las empresas. Igual que convivimos diariamente con diminutos bichitos en nuestro estómago y microscópicos ácaros en nuestras camas, estos individuos conviven con las empresas, o estas con ellos, vaya usted a saber, sin provocarles mayores daños. Claro que, a la que uno se descuida, el “bichito” en el estómago puede convertirse en un Alien que se esfuerce en abrirse paso sin miramiento alguno.O los ácaros pueden llegar a ser tantos que la cama amenace con salir a dar una vuelta y hasta nos pida las llaves para no tener que tocar el timbre cuando regrese.

Entre los más inofensivos de estas tipologías, está “el discreto”. Hace tanto honor a su nombre que podemos pasar a su lado y confundirlo con un archivador. En los periodos de descanso, de vez en cuando trata de intervenir con un comentario que pasa inadvertido o con un chiste que es rápidamente sepultado por otra observación jocosa mucho más aguda. Lo curioso de estos individuos es que a pesar de ser continuamente ignorados, de ver su autoestima vapuleada por no encontrar una mínima luz que caiga sobre ellos, están siempre risueños y parecen felices. Quizá la procesión vaya por dentro, pero a primera vista parecen licenciados en cursos y seminarios de autoayuda.

Por otro lado tenemos al “Sumo pontífice”. Todo lo sabe, y si no, se lo inventa (literal). Pontifica y crea dogmas. Hay que reconocer que es un verdadero experto en su trabajo, el cual es “hacer que hace” frente a sus superiores y, además, siempre de una manera diferente. Estos le tienen gran aprecio por su incansable labor, en la cual se esfuerza durante los pocos minutos en que ponen sus ojos sobre él. Sufre deformación profesional, pues delante de sus compañeros los halaga y está de acuerdo en todo lo que expongan… hasta que se le de la espalda. Sin embargo, es relativamente inofensivo. Elude el enfrentamiento directo y este talón de Aquiles puede ser aprovechado con mucha facilidad. Si te ves en apuros, no dudes en batirte cara a cara, pues sus argumentos tienen la consistencia de la gelatina en el centro de un tornado.

Dotado de la sutileza de un ladrillo, tenemos al “líder”. Su nombre es merecido. Todos los periodos de descanso giran alrededor de él. Es carismático, y el organizador de todos los encuentros fuera de horas de trabajo para consumir alcoholes varios. Goza de la confianza de las autoridades debido a su frontalidad y chabacanería dosificada que le da un aire franco y directo. Es bueno al hacer su trabajo, pero mucho mejor en evitar hacerlo sufriendo las menores consecuencias posibles por ello. Muy peligroso, un verdadero escorpión. Las posiciones que asume suelen poseer la inmovilidad de un corcho en el agua durante un maremoto y no dudará en sacrificarte si es necesario a pesar de que parezca que disfrutas de toda su confianza. Ni siquiera sirve mantener un bajo perfil ante él, pues todos a su lado sólo son herramientas para sus objetivos. Si te topas con uno, resignación. Pide tan sólo que te quedes como estás. Si te asignan algún proyecto con él, ten en cuenta que su concepción del trabajo en equipo es la misma que tiene el sol acerca de los planetas y de algo llamado órbita.

Y precisamente girando en torno del “Sumo pontífice” y del “líder” tenemos a un elemento imprescindible a la hora de fijar sus posiciones: el “ratón con piola”. Pertenece a la recia estirpe de aquellos edecanes cuya única función era hacer preguntas a los reyes para que tengan la oportunidad de realizar una observación ingeniosa. En ausencia de los dos anteriores, trata de asumir sus funciones, pero fracasa miserablemente porque nadie le para bola. Frente a los superiores mantiene un perfil bajo y cuida de sus intereses meticulosamente, procurando no perjudicar a nadie (al fin y al cabo, no es mala persona). Por decirlo así, su figura se resume en que, si formase parte de una pareja cómica, sería el que recibe el tartazo en la cara cuando el otro se agacha. Muy conocido por sus meteduras de pata y sus comentarios inoportunos. Es peligroso en la medida de nuestra imprudencia, ya que los comentarios que se le hagan iran directamente al “líder” o al “sumo pontífice”.

El “quejica”. Tan inofensivo como un grano en el culo, que no hace nada salvo joder. Es un rumiante, pues a cada rato está mascullando entre dientes lo bajos que son los sueldos, las injusticias que se cometen en la empresa y las decisiones inadecuadas que toman las autoridades. Cualquier intento de razonar con él acerca de estos y otros puntos será infructuoso. La mejor estrategia es darle la razón y cambiar de tema. Su habilidad más meritoria es enquistarse en la empresa de una manera incomprensible, pues su trabajo resulta a todas luces mediocre. No es peligroso, va a lo suyo. Pero cabe advertir que pasar más de diez minutos en su compañía puede causar como efecto secundario cabreo crónico, o depresión postcoitum en el caso de las almas más cándidas. Si el “discreto” parecía haber salido de un libro de Paulo Coelho, este parece necesitar uno con urgencia.

Hay un espécimen más pero cuya presencia es rotatoria. Se trata del “todólogo”, cuyo nombre ya lo dice todo. Es el némesis del “líder”. Cuando hace su aparición, entra como un pavo real extendiendo su plumaje en corral ajeno. Acapara toda la atención de sus superiores y compañeros y de un plumazo deja a un lado al “líder”. Sin embargo, se trata tan sólo del primer asalto. Tomado por sorpresa, el “líder” no acierta a reaccionar oportunamente, pero por suerte los daños son mínimos. Con rapidez inicia un programa de acoso y derribo que durará según la capacidad de resistencia de su adversario. Sin embargo, a mediados de año el desgaste de éste será atroz. Sus éxitos serán adecuadamente minimizados y las plumas de su precioso abanico de colores arrancadas una a una. Para los observadores, el proceso resulta salvaje y cruel, pero es conveniente mantenerse lo más alejado posible de la contienda, no sea que algún golpe vaya a parar a donde no debía. Todo termina cuando el “todólogo”, maltrecho y cabizbajo, abandona el ring, derrotado por puntos. Esto tiene la ventaja de que mantendrá al “líder” ocupado y podremos pasar inadvertidos frente a él al menos durante un tiempo.

Esta fauna aquí descrita, ignorada deliberadamente por Discovery Channel, es tan sólo una pequeña muestra del hábitat laboral que nos rodea. Los especímenes mencionados son algunos de los más relevantes, aunque existen muchos más. Ninguno de ellos ha sido dañado mientras se realizaba esta observación, pero no fue por falta de ganas.

jueves, 18 de enero de 2007

La lluvia cae y sube el pan

“Cada vez que hablas, sube el pan”. Este es un dicho muy popular en mi pueblo.

Lo mismo se puede decir de ciertos periodistas. Tanto el lunes como el martes han sido dos días especialmente calurosos en Quito. La verdad las temperaturas, sin ser desmesuradamente altas, sí han sido inusuales. Esta mañana (ayer, según la fecha del post), oí en la televisión mientras me vestía para ir a trabajar que el hecho era digno de noticia y como tal era mencionado en un programa de corte local. Aparte de los comentarios, aparecía creo que era un metereólogo que decía no se qué de un frente que subía las temperaturas e impedía que se formasen nubes. Sin que este señor aludiese a nada, automáticamente, estilo perro de Pavlov, salió la expresión “Y es que el calentamiento global es preocupante”. Sí, es preocupante, pero más lo es el sobrecalentamiento de algunas neuronas que ni siquiera se esfuerzan en conectar de manera coherente dos ideas. Aquel señor no había vinculado directamente dichos fenómenos, pero por si había sido un descuido, ya se ocupaba el periodista de echarle una mano.

Me acordé de esto rozando las siete de la tarde-noche de hoy (ayer), debido a que este señor (sin culpa alguna, que la metereología no es una ciencia - ¿es ciencia? - exacta) dijo que no iba a llover por lo menos una semana.

Obviamente, me acordé porque empezó a llover.

Lo dicho, cada vez que algunos hablan, sube el pan.

P.D.: Cuando coloco ésto en el blog, el cielo está encapotado y el sol trata de abrirse paso entre las nubes. Llovió durante toda la noche. El pan triplica su precio.

Software libre: valor y precio

Antes del post anterior, había escrito otro acerca de mi taller de periodismo, de la nueva experiencia en la que nos hemos embarcado. Lo había hecho a raíz de la lectura de este artículo.

Pues bien, ya estaba notando rara a la computadora mientras lo escribía, y finalmente opté por reiniciarla. Cuando voy a abrir de nuevo ese post... Sí, resulta que no se había guardado nada.

Yo escribo siempre el día anterior al que publico los post. No tengo Internet en mi casa. Siempre escribo en OpenOffice.org Writer y hoy me ha fallado. Pero lo que me llama la atención de todo esto no es el fallo en sí, sino mi reacción ante él: ninguna. Borrar el archivo dañado (de poco más de 1 KB) y a escribir otra cosa, pues me ha quedado el gusanillo de tener escritos dos artículos y no solamente uno.

Es la primera vez que me pasa esto con el Writer, después de usarlo con normalidad durante nueve meses. Desconozco cual fue la razón, pero tampoco es que me importe mucho (a menos que empiece a repetirse). Ahora, ¿hubiese pasado con Word? En su tiempo, ya me pasó. El Word de ahora no es del 97, pero estoy seguro de que podría repetirse, como podría también suceder en cualquier procesador de textos.

La razón por la que uso Writer (extrañando mucho no tener un diccionario de sinónimos en español) es porque creo en el software libre. Sin embargo, no todo es libre en mi computadora. Una ligera desconfianza y un profundo desconocimiento técnico me lleva a no atreverme a pasar a Linux, a pesar de lo bien que me cae Tux. He instalado y desinstalado Linux en mi máquina varias veces (casi todas ellas con Fedora), y siempre había algo de mi interés que no podía hacer, lo que me terminaba desanimando. No digo que Linux no pueda hacer hoy en día todo lo que se puede hacer con Windows, pero resulta más complicado y tiene una curva de aprendizaje un pelín cuesta arriba para el momento actual en que vivo. Pero hago lo que puedo. Tengo una simpática distribución en cd-live que ejecuto de vez en cuando y que voy a utilizar para dar clases a mis alumnos. Aún así, trato de usar siempre que es posible software libre, aunque sea bajo Windows. Se podría decir que soy creyente no practicante.

Pero volviendo a lo del error, creo que mucha gente juzga a priori el software libre. Sencillamente, no encaja en su manera de ver las cosas, en como se han acostumbrado a que funcionen. Por ello, asumen que si algo es gratuito (o mejor dicho, se puede conseguir de forma gratuita, aunque esa no sea la única manera) ya de por sí ha de tener algún defecto. Estoy seguro de que si esto hubiese ocurrido en mis clases, automáticamente mis alumnos lo hubiesen achacado a la cualidad de software libre del programa. Y no por maldad, sino por desconocimiento. Ni siquiera se hubiesen planteado que se tratase de un fallo ocasional que puede ocurrir en cualquier software privativo. Y ellos, mis alumnos, son reflejo de sus padres y de su entorno.

Nunca antes habían estado más confundidos los términos “valor” y “precio”. Tanto que ni ellos mismos se entienden. El DRAE, prontuario que se supone recoge los acuerdos a los que hemos llegado como comunidad hablante del mismo idioma acerca del significado de las palabras, dice en la primera acepción de valor: “Grado de utilidad o aptitud de las cosas, para satisfacer las necesidades o proporcionar bienestar o deleite”. En cuanto a precio dice : “Valor pecuniario en que se estima una cosa”. La diferencia, como se ve, es sutil, pero existe. Seguro que en nuestras casas tenemos muchos objetos que poseen un gran valor para nosotros, pero que objetivamente no le podemos adjudicar un precio mayor que aquel que poseía en un principio.

El problema viene cuando “precio” no sólo se convierte en sinónimo de “valor”, sino también de “calidad”. Algo es intrínsicamente bueno solamente porque su precio es alto. En muchas ocasiones esto se cumple, pero en otras es cuando nos dan gato por liebre. Es entonces cuando se asume que el software libre, como no tiene el precio de la liebre a pesar de ser una, es gato.

Me encanta ver las caras de mis alumnos cuando, ante un error del OpenOffice.org, se encuentran por primera vez con un sistema de recuperación de documentos muy parecido al del Word. Es como si no se lo creyeran. Y quiero pensar de que, en esos momentos, después de todo el rollo que he soltado en las clases acerca del software libre, de su importancia desde un punto de vista moral, de su calidad como producto, de su interesante sistema de cooperación, ellos empiezan a diferenciar un poco entre “valor” y “precio”.

Creo que un día dejaré de ser solamente creyente y también seré practicante en toda su plenitud en lo referente al software libre. De momento, procuro utilizarlo siempre que puedo bajo Windows e intento que siempre sea libre el sistema operativo que corre en mi cabeza.

Writer: a pesar de la zancadilla, sigo confiando en ti.

¿Para cuando un televisor con conexión a Internet?

El día en que lleguen los televisores con conexión a Internet, que nos permitan acceder a páginas web y nos lean con un software especial los textos, y que además nos permitan ver los vídeos de Yotube, se acabaron los noticieros. Me muerdo de impaciencia las uñas.

Digo esto por algo que me pasó anoche. Cambiaba de canales para ir cogiendo el sueño, cuando fui a dar en uno en el que comenzaba un noticiero. En los “titulares”, mencionaron una noticia que en ese momento me interesó ver. Comenzó el noticiero y dieron dos noticias antes de la que me interesaba. Cuando llegó el turno de ésta, ya me había arrepentido de haber permanecido atento, tragándome las dos anteriores que me habían dejado un regusto amargo.

En muchas ocasiones, nos vemos forzados a tragarnos noticias que, en el mejor de los casos no nos interesan, pero que en el peor nos dejan una desazón, un mal sabor de boca, una inquietud indefinida. No importa qué noticias en concreto. No importa tampoco si es la manera de transmitirlas la que nos deja así. El caso es que terminamos siendo bajoneados en un momento en el que sólo queríamos pasar el tiempo. Las noticias (su forma y su contenido) nos agarran con las defensas bajas. Queríamos descansar un rato la cabeza y los ojos en cosas que no fuesen un insulto a la inteligencia y, ¡zas!, ahí te va eso.

Por eso espero con impaciencia el día en que esos televisores lleguen con precios accesibles (que lo mismo ya los hay). Así, en lugar de arriesgarme a ser deprimido (porque no me deprimo

:me deprimen), desde mi cama entraría a un blog donde hay un vínculo a un vídeo muy gracioso en Yotube. Me construiría mi propia programación de relajamiento. Haría zapping entre uno y otro sitio web intrascendente y, si descubría de pronto algo más serio que me pudiese interesar, entraría y lo leería/vería sin tener que aguantar antes otras cosas que no estuviesen relacionadas con eso.

Desde el auge de Internet, la televisión tal y como la conocemos hoy en día tiene los días contados. Desde aquí, abogo por la verdadera programación a la carta. Y el día en que llegue, que no creo que esté muy lejano, quizá los directores de los canales se den cuenta de que sus enfoques tremendistas, sus descontextualizaciones continuas, sus meadas fuera del tiesto, no nos interesan y nos amargan la existencia, hecho este último para el cual su ayuda es innecesaria.

miércoles, 17 de enero de 2007

¿De que tipo eres?

El post anterior venía a cuento de que me puse a buscar precisamente algún lugar de esos que te proporcionan estadísticas (no para este blog, aunque también lo voy a poner, sino para los de mis estudiantes del taller de periodismo), y terminé desviándome por diferentes páginas con consejos para aumentar las visitas. La lectura de este artículo (con su puntín de ironía) me animó a escribir y pergreñé ese retrato robot del bloguer primerizo, etapa en la que de seguro aún estoy y de la cuál trato de salir a golpe de tecla y pique de ratón.

Creo que con los blogs ocurre como con otras cosas de la vida, como la pintura, el cine, la literatura, el cómic... A primera vista, todo el mundo cree que puede hacerlo por lo menos tan bién como muchos que se dedican a ello. A esto se le añade lo fácil que es, a nivel técnico, ponerse una bitácora y gestionarla en cualquiera de los miles de lugares destinados a tal fin. Pero resulta que, a fin de cuentas, un blog ha sido como todo. Al principio parece fácil (chupao', que se dice en mi tierra), pero hacerlo y obtener resultados satisfactorios para ti y para otros no lo ha sido tanto.

Pienso que el éxito de tu blog dependerá de lo que te propongas seriamente. Como dice Hernán Casciari en este artículo, se puede dividir, en principio, a los blogueros en dos tipos (ojo, que copio y pego):

“A - personas que utilizan una herramienta llamada weblog por una razón puntual (la necesidad es anterior a la emergencia)

'B - personas que poseen un weblog pero todavía no saben para qué lo necesitan (la emergencia es anterior a la necesidad).

'En el primer grupo (el minoritario) es un error conceptual llamar a estos usuarios "bloguers". Se llaman, cada uno, del modo que se llamaban antes de utilizar un weblog: poetas, informáticos, estudiantes, periodistas, estudiantes de periodismo, fotógrafos, retocadores de fotografías, columnistas, putas, monologuistas, narradores, arquitectos, novelistas, autobiografistas, humoristas gráficos, etcétera.

'En el segundo grupo (el mayoritario) sí hace falta una definición. Y entonces "blogueros", o "bloguers", puede ser una de ellas. Se trata de personas que utilizan una herramienta porque existe la herramienta. Ya después verán qué hacer con ella”.

Estoy de acuerdo con esta división. Ni que decir tiene que, al leerla, me pregunté en cual de las dos categorías me encontraba yo. Si tú también tienes tus dudas, te recomiendo que leas el artículo en cuestión completamente. Quizá te ahorre tiempo y esfuerzo y te aclare un poco tus metas. Conmigo, lo hizo. Te lo aseguro.

PD: Aquí va un vínculo a otra cosa que encontré. Quizás en un principio parece un poco contradictorio con lo que dice el otro artículo que enlacé, pero a mí me parece que no.

Un nuevo post para tu blog

Cuando uno pone un blog, lo que quiere es audiencia. Obviamente, eso no es lo único, pero sí una parte esencial. Porque si no, a cerrar al quiosco y a continuar masturbándose con el Writer (yo, lo siento, no uso Word, ¡oigh!). Además, hay que pensar que en muchas ocasiones se crea un blog tratando de imitar a otros blogueros, a los cuales se admira por su facilidad de verbo y su fecundidad postiva (¡Toma palabreja! ¡Y lo he hecho yo solito!). Esta elocuencia y esta fecundidad, añadidas ambas a la cantidad de comentarios que dejan sus asiduos (y numerosos) visitantes, lleva a pensar al principiante que todo el monte es orégano. Y entonces, pues eso, a por orégano al monte.

Primero, a Blogger, que para algo es bueno, bonito y barato. Tan barato que te regalan la cuenta junto con la de Gmail, y esa sí cuesta porque te tienen que invitar, que no es como el Hotmail o el Yahoo. Después, ala, tres pasitos de nada, elegir un nombrecito gracioso y original... (en este paso, la cosa puede ser de horas, ver las primeras entradas de este blog), elegir una plantilla mona y ya 'ta. Ahora, ¡a postear!

Pones tu primer post y te vas a la cama tan contento. Al día siguiente, vas a revisar los comentarios y... 0. Le miras de arriba a abajo y de abajo a arriba, pero sigue siendo un cero. Por si acaso, pruebas a ponerle a la derecha, pero el número es honrado: sin importar la tendencia política, sigue siendo un 0. Bueno, te dices, es el primer día. Quizá mañana. Y pones otro post.

Al día siguiente, te levantas como niño en mañana de reyes, abres tu blog, vas al indicador de comentarios de los dos posts y... 0. ¡Joder, dos suspensos en dos días! ¡Pues vaya media que te está saliendo!

Entonces, te acuerdas de algo que leíste por ahí: las estadísticas. Hay un montón de sitios que te permiten medir la gente que ha entrado a tu blog. Resuelto, buscas en Google, encuentras, te suscribes al servicio y metes el código html en la columna pequeña. Y ahí te das cuenta de que falta algo. ¡Claro, los enlaces a otros sitios! ¡Si seré egoísta! Todo el mundo lo sabe: la blogosfera se basa en la cooperación. Pues eso, a poner enlaces a los sitios que más te molan, que visitas casi siempre, y a otros que te suenan de algo pero que parecen muy conocidos. Con tu blog mejor pertrechado, pones el tercer post, y a dormir que se ha hecho tarde y mañana hay que madrugar... para ver cuantas visitas has recibido.

Mañana siguiente. Amanece sin una nube en el cielo. Las pájaros pían alegres celebrando con su canto a la vida, a la madre naturaleza y a tu blog. No tienes prisa. Quieres que entre alguna visita más antes de que veas las estadísticas. Pero cuando las revisas, compruebas anonadado que el marcador señala empate: 0 visitas, 0 comentarios.

Ya sólo queda una cosa por hacer: sacarle el aire a Google. Te dedicas a buscar todo tipo de consejos para aumentar las visitas a un blog, y en todos los idiomas que conoces, chapurreas o que admite un traductor en línea más o menos (in)decente. Sigues vínculos de vínculos, que a su vez te llevan a páginas con más vínculos, o con archivos pdf, o con presentaciones de Power Point. Lees en español y en inglés, y traduces del sueco, el ruso y el japones (y después, vuelves a traducir del español o de esa cosa que vomitan los traductores en línea). Lees, lees y lees hasta que las pestañas se te rizan por el calor del monitor.

Mientras te tumbas en el sofá con los ojos cerrados (no los abras, que se sale el colirio), llegas a una conclusión: es como todo. Sí, como todo. Una suma de esfuerzo, dedicación, empeño, mejora...

Te entra una pereza tremenda y te vas a dormir.

¡Ay! Se te olvidó escribir un nuevo post para tu blog.

No importa, mañana lo escribes.

Por suerte, siempre hay un mañana y en ese mañana siempre podrás escribir un nuevo post para tu blog.

martes, 16 de enero de 2007

Una razón para un blog

Una de mis fantasías preferidas es la de, en otro tiempo y espacio, haber sido un bardo que fuese de pueblo en pueblo contando historias para ganarse la vida. Esta fantasía es chiquita, tanto que la tengo guardada en un cajón junto con otras del mismo porte. No es nada elaborada, apenas un boceto. Cuando la miro, me veo a mí mismo rodeado de niños y algunos adultos junto a un fuego, contando historias de lugares lejanos que en realidad nunca existieron. Me veo durmiendo en un pajar o bajo cualquier otro techo bajo el que me desplomo agotado. Me veo comiendo la comida que dan en agradecimiento por las leyendas traídas de otros lares. Y me veo saliendo del pequeño pueblo hacia el siguiente, inventando nuevas narraciones por el camino con las que satisfacer ese ansia inexplicable de historias que tiene el ser humano.

Miro poco esa fantasía, y pasa más tiempo en el cajón que en mis manos. En la época en que vivimos, y sobre todo por la cobardía que me ata a ciertas comodidades, me parece irrealizable. Y esa imposibilidad me mortifica, porque creo que aún existen en el mundo pueblecitos donde compartirían un poco de comida tan sólo por un puñado de historias.

No sé si esta fantasía proviene de mi vocación por escribir o es a la inversa. Pero creo que detrás de las dos cosas está la misma ambición: poder vivir un día de lo que produzca mi imaginación. Aunque, en el algunos momentos sucios por el polvo del camino diario, temo que esta ambición termine convirtiéndose en otra fantasía, pero en una tan grande, pesada y frustrante que tenga que buscar un sótano o un ático completo para guardarla.

Este blog nace como una intentona más o menos firme de convertirse en un campo de pruebas donde foguearme. La verdad es que ya estoy mayorcito (aunque no tanto: voy a cumplir 35 tacos), pero sigo arrastrando el vicio de la indisciplina, el cual tiene como peor consecuencia la autocompasión. Como a mucha gente, me gustaría “haber escrito” y, por razones indescifrables – o incoherentes -, no escribo tanto como me gustaría, pues encima hallo un placer tremendo en ello. Cualquier psicoanalista en zapatillas (de los que abundan en Internet) me diría un montón de razones por las que me sucede esto, razones que yo ya conozco pues me doy de cara contra ellas día sí y día también. El motivo de este blog precisamente es buscar una solución a los problemas que provienen de esas razones; crearme una pista donde correr y empezar a hacerlo todos los días.

“Todo está dicho” es el título finalmente elegido, pues al fin y al cabo es así. Pero le he añadido “... pero falto yo”, pues de eso se trata. No es que crea que vaya a añadir nada importante a lo ya dicho, pero voy a tratar de decirlo con mi voz, o por lo menos a intentar hallar una voz con la que decirlo.

Ya he dicho que tengo el firme propósito de postear todos los días, excepto fines de semana. La razón principal de este asueto es que no tengo Internet en casa y no todos los fines de semana voy a un café-net. Y no vale postear tan sólo una foto o un vínculo con un breve comentario. Eso puede ser un buen recurso para mantener un blog vivo, o quizá sería mejor decir que en animación suspendida, pero a mí, no me vale. Sería romper las reglas que yo mismo me estoy imponiendo, y esa es la peor clase de divergencia que uno puede hacer.

Bueno, pues ya esta. Mis razones (aunque no le interesen a nadie), explicadas. Un post más. Y mañana, otro. Lo juro.

Nombres (epílogo)

Ya estoy en casita. El post anterior lo escribí desde el trabajo, en un ratito libre. No me gusta escribir allí porque no me concentro y todo lo que digo son incoherencias (ya, bueno, sí sé que no es que haya mucha diferencia con otras cosas). He venido pensando por el camino y creo que el nombre no está tan mal, pero le voy a hacer una modificación.

Va a ser “Todo está dicho... pero falto yo”.

Así me gusta más.

Pero ese es el primer paso. El segundo es elegir un mejor diseño, añadir cosillas como los enlaces, alguna imagen al lado, etc. Me gusta el diseño, aunque me gustaría personalizarlo. El problema es que no tengo claro como hacerlo.

Así que, si has llegado aquí por accidente, no te sorprendas de que si vuelves en otra ocasión, el aspecto sea diferente. Voy a experimentar un poco.

Pero, eso sí, lo que quiero dejar claro es que mi objetivo es poner un post cada día como mínimo (excepto fines de semana, por el momento).

Por ahora, nada más, que ando espesito y no me fluye para nada la inspiración. Aunque por fin puedo dar por cerrado este coñazo de los nombres.

¡Bien por mí!

lunes, 15 de enero de 2007

Nombres (y 6)

Pos fale, pos mu bien, pos malegro...

¡Todas las variaciones de “Ignis fatuus” están ocupadas!

Estoy a punto de gritar.

Pero, ¿saben lo peor? ¿Lo peor de lo peor?

He entrado a esas variaciones y... ¡sólo son cadáveres! ¡Cadáveres de blogs! ¡Eso es todo! ¡No hay nada en esas páginas actualizado recientemente. Probé http://ignisfatus.blogspot.com, http://ignisfatuus.blogspot.com, y hasta http://ignis.blogspot.com.

¿Será entonces el momento de darle paso a las otras nominadas (con perdón)?

Pruebo con ellas y sólo “ad calendas grecas” es aceptada por Blogger, que ya se me empieza a parecer más a un tanatorio.

Tras un par de horas de búsquedas infructuosas, al final decido poner el nombre que encabeza estas líneas. No es gran cosa, lo sé, pero está sacado de una frase que dijo alguien que en estos momentos no recuerdo: “Todo está dicho, pero como nadie escucha...”.

Ufff... Espero que mañana, más.

Nombres (y 5)

Post número cinco. En mi computadora, sigue siendo el 005. Pero ya tengo algo: latín.

Sí, sí, latín. Una vez que acabé mi pudín, me fui a una caja llena de papeles y cogí algunos cuadernos de cosas viejas. Y allí, en la primera página de uno de ellos, había varias locuciones en latín, con sus correspondientes traducciones. ¿De dónde las saqué? Sería más fácil averiguar de que color llevaba los calzoncillos el director de la orquesta del Titanic mientras hacía el imbecil... digo, seguía dirigiendo con un iceberg a la espalda.

El caso es... que encontré algunas que me gustaban para nombre de blog. Y los nominados (con perdón) son...

- Ignis fatuus, por su fantástico trabajo en “Profanadores de tumbas”. La madre naturaleza ya fue premiada por su excelente trabajo de efectos especiales.

- Dramatis personae, por su breve pero intenso papel al principio de las obras de teatro.

- Ad calendas grecas, absolutamente ignoradas por los griegos, pero respetadas ferreamente por muchos bloguers.

And the winner is...

- ¿YA? ¿POR FÍN?

¡Pero mira por donde viene a aparecerse ahora ésta! ¡Y en qué momento! ¡Creí que estabas digiriendo el pudín!

- YA TERMINÉ. ¿TIENES YA EL NOMBRE?

¡Trae pa'ca ese sobre! Sí, sí. Creo que sí. Y ahora, si me dejas...

- ¿CUÁL, CUÁL?

Pero... ¡trae, coño! ¡Que soy yo el maestro de ceremonias! ¡Mira como se está poniendo la gente! No, no lo abras...

- ...

- ¿IGNIS FATUUS?

Sí.

- PERO...

¿Sí?

- NO SÉ, ESAS DOS UES... COMO QUE PARECEN UN POCO COMPLICADAS... PARA DAR LA DIRECCIÓN, DIGO.

Algo así me dijo www.elamordemivida.com.ec, pero me la trae al pairo. Ese me gusta. Ese se queda. Tiene miga, pero en otro momento se la saco. Aunque todavía me falta que debajo de esa casillita tan mona que tiene Blogger en su formulario para crear blogs no me aparezca un disgusto. Y si me aparece, tengo un plan B: le quito una u a la dirección, y santas pascuas

- ADEMÁS, HAY OTRA COSA QUE ME ESCAMA.

No, si a la hora de criticar... A ver, ¿qué c...? ¿qué?

- QUE LOS DOS, TÚ Y YO, ESTEMOS DE ACUERDO.

Risas forzadas, aplausos del público (¿también ponen cartelitos en la entrega de los Oscars? Pregunto).

Se baja el telón.

Nombres (y 4)

Archivo número 4. Nombre: 004. Como me de por “limpiar” el disco duro y le de a esa función tan simpática de algún que otro programa de encontrar archivos repetidos por nombre y luego aplaste shift+supr... Mejor me hago yo un ctrl+alt+supr. No. Imposible. Como me vaya a intentar dormir ahora, sólo voy a conseguir pasarme hasta las tantas viendo la tele y mañana, cuando quiera subir esto a Internet y Blogger me pida un nombre, me voy a mandar a la recontra... Bueno, hasta sin insultos me he quedao. Uy, mira tu, hasta sin letras. Se me cayó la de, ¿o sólo se calló?

Desvarío. Me voy a comer “un bollo con pan de ayer”, en honor a Sabina, mira por donde.

Voy a girarme a coger el bollo y me acuerdo de mis alumnos. El otro día les dije “Tenéis hasta que termine el taller para darme el nombre de vuestro blog”. Ahí sí que era yo valiente, ¿eh? Ahí sí que estaba crecidito y con los huevos bien puestos. Y al terminar, me los dieron. Ole, sus huevos. ¿Y yo? Pues mira... esqueyonoquierocaerenloserroresquecayeronellosyque... Bueno, ya. Sí. Mejor, cojo el bollo y me lo como.

Pues mira tú por donde, pues mira tú que bien, que ya ha llegado el día... y me han mandado al sofá. El amor de mi vida me ha dicho que necesita la compu para hacer un trabajo de la universidad y, con total falta de respeto por mi vena creadora y por mi racha inspirada para transmutar mis frustraciones en chorradas, me acaba de largar del teclado y me ha dado un pudín como toda indemnización. Bueno, al menos es de vainilla, digo como un desempleado después de un contrato de tres meses. No sé por qué estudia periodismo. De empresaria le iría muy bien. Ya me imagino: “No necesitamos más sus servicios. Como usted tenía un contrato de un año, tiene derecho a 12 pudines y a un pan con cola”. O en una entrevista de personal: “¿A cuántos pudines aspira al mes?”.

Je. Este es el siglo XXI. Ya no discutes con tu pareja: te metes con ella por medio de un blog, que eso de decir las cosas a la cara ya no se lleva, y mucho menos insultarse. Que pa' algo está Internet.

Bueno, le voy a leer lo que acabo de escribir y si me lo aprueba, pues sigo con mi odisea personal.

Mierda. Me lo aprobó. Y yo que pensaba alzar clamorosa mi voz en contra de la censura dentro de la mutua convivencia... Ya iba a entonar yo... “Alzaos, maridos oprimidos de la tierra, novios sojuzgados...”. Pero no, va ella y me deja sin piso, como siempre. Si es que es un sol. Por algo la amo.

Eso me fuerza a volver a tomar el hilo anterior.

El nombre.

Sí, el nombre.

Oh.

¿Ya he dicho que estoy escribiendo en una Palm y que por eso lo hago desde un sofá?

- NO, NI FALTA QUE HACE. UN NOMBRE. YA.

Esa es mi conciencia, que habla como La Muerte de Pratchett. Que cosa tan curiosa.

- DEJA DE ESCRIBIR TONTERÍAS. UN NOMBRE. YA.

¿Te has dado cuenta tú, oh sin par conciencia, que si no escribiese tonterías tú no tendrías consciencia de tu existencia?

- BASTA.BUSCA UN NOMBRE YA.

Pues no coló. De ti para mí que es que me salió el final de la frase un poco liado. Eso es por hacerme el interesante.

- ¿ACASO QUIERES ESCRIBIR UN BLOG ACERCA DE PONERLE UN NOMBRE A UN BLOG?

Eso, ahí está. Siempre con sus golpes bajos. Bueno, pero no deja de tener razón. Por lo menos, original sí sería...

- NOMBRE. YA.

Vale, vale. Tregua. Comparto contigo el pudín y así te callas un poquito y yo pienso. ¿Sí?

- ... BUENO.

Nombre (y 3)

Este resumen no está disponible. Haz clic en este enlace para ver la entrada.

Nombres (y 2)

El archivo en el que estoy escribiendo este texto (mañana lo subo) tiene el descriptivo nombre de “002”. Como me descuide y me olvide, a la hora de ordenar los archivos, me cagué. Bueno, por lo menos está en una carpeta llamada “Blogs”, sumamente descriptiva también, pero que ya da una orientación. Pero, ¿serán mis intentos de bloguear o se refiere a los blogs de otros con los que, en mi compulsiva acumulación de información, voy abarrotando mi disco duro?

Coño, y luego diré que este post me ha quedado largo. Y seguiré sin nombre.

Bueno, veamos que resultado he obtenido por esos archivos de dios...

- “La silencia”. Lo anoté como un nombre interesante. Pero no puede ser para un blog, sobre todo si lo que quiero hacer es hablar... Claro, que dándole un giro contradictoriamente metafórico... No, no.

- “Verkanore”. Perteneciente a cuando sacaba nombres de los lenguajes de Tolkien. Significa “Tierra salvaje”, pero capaz que hasta está mal construido. Pero ya me imagino para dar mi dirección... “Uve... de Vecino” o – dependiendo de a quién - “Ve pequeña... No, pequeña, uve... No, sin uve doble... digo, doble ve, delante, sí, ve pequeña...”. Y eso sin contar la que se armaría al llegar a la ka.

- “Hijos del carnaval”. Ese mola... digo, está chévere, digo... bueno, que me gusta. Pero no tiene nada que ver con esto. ¿O sí? A ver, apuntémoslo como posible.

- “Historias de cuernos y lamentos”. ¡Coño! ¿En qué estaba pensando yo cuando se me ocurrió eso? Además, me da yu-yu, que con eso de las autoprofecías no se juega (ya sé con que cara me va a mirar alguien que yo me sé cuando lea esto).

- “El templo del silencio”. Joder, que manía con el silencio. Capaz que si dejo el blog vacío, funciona. ¡Oh, que propuesta tan postmoderna y trasgresora! (si ya lo digo yo, soy de avanzada porque me gusta estar el primero en las colas)

- “El club de los imposibles”. Sugerido por la canción del mismo nombre de Bumbury. Pero como que no, que yo lo asocio a otra cosa.

- “El día en que yo maté a Alan Moore”. Este me parece cojonudo, pero para lo que lo pensé, un cómic sobre un guionista que... Uy, si hablo de algo que todavía no existe... ¿es spoiler?

Pues se acabó el archivo y nada... Y en otro, encuentro:

- “Proyecto Hipatia”. Una idea que deseché porque otros lo estaban haciendo mejor y con más recursos que yo. Además, el nombre más sobado de Internet.

- “Def Con Uno”. Sí, inspirado por el nombre del grupo “Def Con Dos”. Vamos, el colmo del a originalidad, sobre todo en lo referido a la temática de lo que pensaba hacer...

Joooder... ¿Será hora de hacer algo con respecto a este problema de los nombres?

Entradas populares

Etiquetas

Datos personales

Mis comics


Visita la sección de Descargas de Proyecto Autodidacta donde encontrarás comics en formato PDF, accesorios y podcasts... ¡gratuitos!

Proyecto OMA

Manuales, tutoriales y comics didácticos para aprender informática

microcuentos, nanoficción, micronanos, nanomicros, comosetedelaganallamarlos...

Webcomic sobre... algo

NaNoWriMo 2012

Licencia

Busca en Todo está dicho

1 Libro = 1 Euro ~ Save The Children

Subscríbete por correo

Introduce tu dirección de correo:

Proporcionado por FeedBurner